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Las mujeres han participado en el desarrollo económico de Costa Rica de diversas maneras, siendo las dos principales el trabajo doméstico y el empleo en actividades del mercado económico. A su vez, esa participación femenina ha estado condicionada por los procesos socioeconómicos que ha atravesado el país y por su propia condición de género.
Como sucede en el resto de América Latina, el problema consiste en que, por diversas razones, esa contribución de las mujeres es sólo parcialmente visible. Ante todo, porque únicamente las actividades convencionalmente consideradas económicas forman parte de las cuentas nacionales. Los intentos realizados en distintos países para medir la contribución del trabajo doméstico a la economía nacional no han conseguido modificar las convenciones. Por otra parte, tampoco ha concluido la discusión acerca de si ese trabajo podría ser retribuido y si con ello mejoraría o no la condición general de las mujeres.
Por todo lo anterior, la participación de las mujeres costarricenses en el desarrollo adquiere visibilidad básicamente cuando puede ser medida en términos de actividad económica. Esto representa una dificultad en determinados sectores, como el agrícola, donde las tareas domésticas y las dirigidas al mercado no se distinguen siempre fácilmente. Sucede con mucha frecuencia que los sistemas de encuesta y las declaraciones de las propias mujeres en las zonas rurales se inclinen a considerar éstas como únicamente dueñas de casa, es decir, económicamente inactivas.
La tendencia a concebir a las mujeres fuera de la actividad económica procede también de viejos criterios culturales que establecieron una determinada división sexual del trabajo, según la cual se atribuye a las mujeres la responsabilidad del quehacer doméstico y a los hombres la actividad considerada pública y propiamente económica. Como sucede en el conjunto de América Latina, esta división se ha flexibilizado, pero todavía se supone socialmente que las mujeres deben realizar el trabajo doméstico, participen o no en el mercado laboral.
En realidad, una proporción considerable de la población femenina ha desarrollado desde siempre actividades en el ámbito considerado económico, haciéndose esto más visible conforme se ocupaban como asalariadas o incrementaban su actividad mercantil no remunerada, ya fuera en las ciudades o en el campo.
De esta forma, se estima que actualmente cerca de un tercio de la fuerza laboral costarricense está compuesta por mujeres, lo que significa que también cerca de un tercio de las mujeres que están en edad de trabajar lo hacen efectivamente (en Costa Rica la edad mínima son los 12 años). Ciertamente, esta tasa de participación es todavía considerablemente menor que la de los hombres, ya que en ellos dicha tasa es del 74%. No obstante, es necesario señalar que la actividad económica de las mujeres está subregistrada -más en los Censos que en la Encuestas de Hogar- especialmente en cuanto al trabajo informal y al agrícola.
En los últimos decenios el crecimiento de la participación económica femenina tuvo lugar a pesar de las oscilaciones del desarrollo económico, enfrentando siempre mayores niveles de desempleo y subempleo que los varones.
Debido a las mencionadas orientaciones culturales, las costarricenses se emplean aún preferentemente en cierto tipo de actividades, consideradas tradicionalmente femeninas. Se ocupan sobre todo en servicios personales y como empleadas de oficina y comercio, mientras los hombres lo hacen principalmente como trabajadores agrícolas e industriales. Sin embargo, como sucede en otros países de América Latina, destaca en Costa Rica la gran proporción de profesionales y técnicas que tiene la fuerza laboral femenina, casi todas ellas con estudios universitarios.
En general, todo indica que las dificultades de empleo de las costarricenses han dejado de estar referidas al nivel educativo que tienen las que acuden al mercado de trabajo, que es ya significativamente superior al de la fuerza laboral masculina, sino a dificultades de capacitación profesional y a la segmentación en que caen cuando eligen carrera. De hecho, para obtener trabajos cualificados, las mujeres han de tener varios años de estudio más que los hombres.
Como sucede a escala mundial, las costarricenses obtienen un promedio de ingresos inferior al de los hombres por su actividad económica. Ello es debido tanto a la discriminación en los puestos de trabajo (tienen más dificultad para obtener altos cargos), como a la discriminación directa que significa obtener menos salario por un idéntico trabajo. En 1992, las mujeres obtenían en Costa Rica un salario promedio que era un 86% del que percibían los hombres. Esa discriminación es mayor en trabajos cualificados: en las ciudades, las profesionales obtienen un ingreso promedio que es un 71% de sus colegas varones.
Todo ello sigue referido a prejuicios culturales que hacen que las mujeres sean vistas como si ejecutaran un "trabajo secundario", complementario del que le corresponde al hombre como principal o único proveedor del hogar. Es decir, todavía hay obstáculos para que las mujeres sean juzgadas en el mercado laboral por su propia capacidad y retribuidas estrictamente en esa medida.