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Las condiciones de salud de las mujeres costarricenses han mejorado notablemente durante las últimas cuatro décadas, situándose entre las más positivas de América Latina, aunque presentan todavía áreas con deficiencias apreciables y la crisis de los años ochenta haya frenado esa mejoría en diversos sectores, especialmente en cuanto al tercio de la población que hoy se encuentra por debajo de la línea de pobreza.
Ese avance sanitario se ha debido tanto al desarrollo del sistema de salud como a la elevación de las condiciones generales de vida del país, y, en el caso específico de la población femenina, a una reducción considerable de los riesgos obstétricos, provocada por la fuerte caída de la fecundidad y el crecimiento de la cobertura sanitaria maternoinfantil. Pero las actuales necesidades de salud también están referidas al cambio demográfico que ha experimentado la población costarricense.
El hecho de que Costa Rica esté en plena transición demográfica, con una fecundidad moderada y una mortalidad baja, hace que también se encuentre realizando su transición epidemiológica, quizás incluso algo más avanzada de lo que le correspondería a su estado de transición puramente demográfica. En efecto, se destacan ya nítidamente las enfermedades propias de las personas adultas (cáncer, cardiovasculares, etc.) como principales causas de muerte. Ello es debido, ciertamente, a que la estructura etaria se ha modificado hacia el envejecimiento, pero la población de Costa Rica es todavía moderadamente joven; es decir, si destacan tanto las enfermedades de adultos y mayores es también porque existe un sistema sanitario especialmente preocupado por la salud maternoinfantil. Todo indica que uno de los retos del sistema de salud costarricense consiste en avanzar más ajustadamente con el cambio epidemiológico que sufre la población, sin dejar por ello de completar la protección maternoinfantil que el país necesita.
La mejoría de la situación de salud está referida asimismo a la elevación de las condiciones de vida que se produjo desde los años cincuenta a los setenta: los índices bajos de desnutrición, la alta cobertura de infraestructura sanitaria, de vacunación, etc., así como la fuerte elevación del nivel educativo de las mujeres, han reducido notablemente la mortalidad en las diferentes edades, de forma mucho más acentuada que los otros países del área centroamericana.
Pero además de este cambio positivo en las condiciones sanitarias básicas, tuvo lugar en Costa Rica un desarrollo apreciable del propio sistema de salud, sobre la base de un esfuerzo estatal notable, especialmente durante los años sesenta y setenta. Este esfuerzo público se experimentó por dos vías: a través de un elevado gasto presupuestario, gestionado por el Ministerio correspondiente, y por medio de una seguridad social de amplia cobertura, algo que destaca en relación con los otros países de la subregión, donde la seguridad social es muy reducida cuando no prácticamente inexistente.
Sobre tales sistema y condiciones de salud ha gravitado negativamente la crisis socioeconómica de los años ochenta, la cual ha operado tanto a través de un debilitamiento presupuestario ostensible, como mediante el empeoramiento del nivel de vida de amplios sectores de costarricenses, provocando el considerable aumento de la pobreza ya examinado.
Ciertamente, ello no se traduce en un retroceso automático en los diversos planos de la salud, pero sí puede afirmarse que, en términos generales, el desarrollo anterior se ha hecho más lento, produciéndose un estancamiento e incluso un retroceso en determinadas áreas. Por ejemplo, las cifras de mortalidad general, así como infantil y materna, han descendido a pesar de la crisis. Pero el desarrollo de la disponibilidad de recursos se ha detenido, cuando no ha retrocedido apreciablemente, como sucedió con el número de camas por habitante.
Las enfermedades graves que afectan a las mujeres adultas son principalmente los tumores y las afecciones cardiovasculares. Los problemas derivados de su actividad reproductiva han cambiado de naturaleza: ya no proceden tanto de las causas obstétricas, sino principalmente de los tumores que se localizan en diversas partes de su aparato reproductor. Así, a fines de los ochenta, este tipo de cáncer provocaba un 25% del total de muertes femeninas, teniendo en cuenta que buena parte de ellas son prevenibles.
También los tumores y las afecciones cardiovasculares son las enfermedades que más afectan a los hombres, pero por debajo del factor que causa la sobremortalidad masculina: los traumatismos provocados por accidentes o violencia. La mitad de las muertes de varones entre 15 y 24 años son producidas por estas causas, así como un tercio para los que tienen de 25 a 44 años.
Aunque las mujeres han aumentado su control de la fecundidad durante los años ochenta, la fertilidad ha tenido un ligero repunte en la segunda mitad de esa década. Desde luego, estas son observaciones basadas en cifras promedio, que presentan variaciones según factores diferenciales, entre los que destacan el nivel socioeconómico, el educativo y la zona de residencia.