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Las mujeres costarricenses, que representan la mitad de la población nacional (49,4%), han modificado apreciablemente sus características demográficas en los últimos cuarenta años, si bien esos cambios son más pronunciados en unos aspectos que en otros. Han reducido notablemente el número de hijos que tienen durante su vida fértil y han visto aumentada su esperanza de vida, pero su población contiene todavía una importante proporción de jóvenes (el 36% tiene menos de 15 años) y su movimiento hacia las ciudades ha sido lento en el contexto latinoamericano (la mitad de ellas reside aún en las zonas rurales).
Entre 1950 y 1990 Costa Rica triplicó el número de sus habitantes, pasando de menos de un millón a tres millones de personas entre ambas fechas. En ese período la composición por sexo de la población varió muy ligeramente: en 1950 las mujeres eran el 49,8% de la población y en 1990 el 49,4%.
Este crecimiento poblacional pasó por varias etapas: una primera, de 1950 a 1965, de fuerte ritmo (entre el 5% y el 4% anual) debido a la disminución de la mortalidad y el mantenimiento de una alta fecundidad; una segunda, entre 1965 y 1975, cuando dicho crecimiento bajó (en torno al 3%) debido principalmente a una brusca caída de la fecundidad; y una tercera etapa, desde fines de los años setenta hasta hoy, en que el descenso del crecimiento ha dejado de ser tan pronunciado (se sitúa en 1990 alrededor del 2,4%) por dos causas fundamentales: el freno en la caída de la fecundidad, que prácticamente se estabilizó en la segunda mitad de los ochenta, y la aparición de una inmigración procedente de los países centroamericanos que más sufrieron la crisis política y militar de los años ochenta.
En esas cuatro décadas las costarricenses redujeron notablemente su promedio de hijos: de siete hijos en los años cincuenta a tres en los noventa. Ese promedio se descompone de acuerdo a factores diferenciales: tienen mayor fecundidad las mujeres rurales, pobres y de menor nivel educativo. Sin embargo, en Costa Rica el control de la natalidad se extendió también al campo, por lo que la diferencia mayor no se produce entre zonas de residencia, sino entre sectores socioeconómicos altos y bajos.
En este tiempo también se modificó la composición etaria de la población: al inicio de los años cincuenta era bastante joven (un 43% tenía menos de 15 años) y cuando comienzan los noventa ha aumentado el peso de las edades intermedias (en 1992 los menores de 15 años son el 35%).
Estas modificaciones poblacionales indican que Costa Rica se sitúa entre los países latinoamericanos (como Colombia, Venezuela, México, Perú, etc.) que atraviesan plenamente su transición demográfica, en el sentido de estar pasando de una población joven y de alto crecimiento a otra que crece más lentamente y se muestra relativamente envejecida, como sucede ya en Uruguay, Cuba o Argentina.
La tendencia hacia la urbanización de la población costarricense ha sido moderada en el contexto latinoamericano y relativamente tardía: se manifestó más pronunciadamente ya en los años setenta y ochenta. En 1950 vivía en las ciudades un 34% de sus habitantes, en 1970 todavía lo hacía un 39%, y en 1990 esa proporción había ascendido a cerca del 50%. Como sucede en el resto de la región latinoamericana, la población femenina es más urbana que la masculina: en 1990 el 48,4% de las mujeres vivía en las ciudades, mientras lo hacía el 45,0% de los hombres.
Costa Rica posee minorías étnicas muy reducidas, siendo su población principalmente blanca y mestiza. Además, la cuantificación de esas minorías es difícil, por cuanto Censos y Encuestas no recogen -por ley- información sobre esta materia. Estudios realizados sobre población indígena indican que su volumen se sitúa entre 24 y 30 mil personas, dividida en diversos grupos, entre los que destacan bribís y cabécares. También existe una minoría de raza negra, que se estima por encima de las cien mil personas y que habita fundamentalmente en la costa atlántica.
Más de la mitad de las mujeres (55% en el Censo de 1984) que superan los 14 años se encuentran emparejadas, principalmente mediante matrimonio, puesto que menos del 10% de ellas se declara unida sin vínculo legal. Debido a que esta reducida cantidad no se corresponde con otros indicadores -por ejemplo, el hecho de que el 40% de los hijos nazca fuera del matrimonio- se estima que la cantidad de uniones consensuales es apreciablemente más alta y que se producen sesgos de declaración por razones culturales.
Dado que las mujeres se emparejan a edades más tempranas que los hombres y son más longevas, hay una cantidad acumulada de viudas y separadas mayor que la existente en la población masculina. Por lo demás, la cantidad de divorcios ha crecido notablemente en los últimos quince años, mientras la nupcialidad se mantiene estable desde hace dos decenios.
La mayoría de los hogares costarricenses es nuclear y de tamaño reducido, habiendo también un 16% de ellos que contiene familias monoparentales y un 25% de familias extendidas. Un quinto de estos hogares se declara dirigido por una mujer, es decir, unos 135 mil hogares, cantidad que casi se ha triplicado desde 1973, cuando eran 54 mil hogares. La gran mayoría de estas jefas de hogar dirigen su familia sin pareja y son de edades maduras, económicamente activas y con cargas familiares. Como se sabe, es probable que la cifra registrada de jefas de hogar sea menor de la que existe en realidad, entre otras razones por el sesgo que provoca en las declaraciones el hecho de que la cultura latina identifique la función de jefatura con el género masculino.