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Las mujeres han participado en el desarrollo socioeconómico de Brasil por diferentes vías, pero fundamentalmente a través de las dos más regulares: el trabajo doméstico y las actividades dedicadas al mercado económico. Paralelamente, la contribución de las mujeres ha estado condicionada por los grandes cambios de la estructura productiva brasilera, así como por su específica condición de género.
Como sucede en el resto de América Latina, el problema es que esta participación no siempre es visible. Una de las causas principales reside en que sólo las actividades convencionalmente consideradas económicas forman parte de las cuentas nacionales. Los intentos por cuantificar la contribución del trabajo doméstico a la economía nacional no han entregado resultados satisfactorios ni modificado las convenciones existentes. Por otra parte, tampoco ha concluido la discusión sobre si ese trabajo podría ser retribuido, y más aún, si de serlo mejoraría la condición de las mujeres.
Así, la presencia de las mujeres en el desarrollo de Brasil adquiere visibilidad básicamente cuando tiene lugar como actividad económica, bien en calidad de asalariada o mediante una actividad comercial por cuenta propia. Ahora bien, distinguir este tipo de actividades de las referidas al ámbito doméstico no siempre es fácil, especialmente en ámbitos como el agrícola. Muchas veces las propias mujeres -rurales y otras- declaran que su actividad se inscribe en el conjunto de tareas de cuidado del hogar, con lo que quedan registradas como dueñas de casa, es decir, como inactivas. Este subregistro se reproduce con amplitud cuando el cuestionario que se refiere al empleo es reducido como sucede con los Censos Demográficos.
Ciertamente, la orientación institucional y de las propias mujeres en cuanto a considerarse como económicamente inactivas tiene sus raíces en antiguos patrones culturales, que establecieron una determinada división sexual del trabajo, según la cual a las mujeres les corresponde la responsabilidad del cuidado doméstico y a los hombres la actividad pública y propiamente económica. Es cierto que últimamente tal división de tareas se ha flexibilizado, pero no lo es menos que todavía se piensa socialmente que las mujeres tienen como responsabilidad el trabajo del hogar, participen o no en el mercado laboral.
En realidad, una apreciable proporción de la población femenina ha trabajado en el mercado económico desde que Brasil fue fundado como colonia. En los últimos cuarenta años esta circunstancia se ha ido haciendo progresivamente visible según las mujeres se han ido ocupando como asalariadas y han aumentado su actividad mercantil, aunque también se van produciendo variaciones culturales que contribuyen a sacudir el velo en la declaración y el registro sobre la actividad económica femenina.
De acuerdo a las Encuestas de Hogar (Pesquisa Nacional por Amostra de Domicilios, PNAD), a fines de los años ochenta las mujeres eran el 35% de la fuerza laboral brasilera y su tasa de participación económica era una de las más altas de la región: cerca del 40% de las mayores de 10 años trabajaba en 1988 (lo que significa que superan esa cifra las que tiene 15 años y más, que es la edad mínima para trabajar en otros países latinoamericanos).
El crecimiento de la fuerza laboral femenina brasilera ha sido también uno de los más altos del subcontinente: durante los años de salto económico prácticamente se duplicó, pasando de unos siete millones en 1970 a cerca de catorce millones de mujeres activas en el mercado de trabajo en 1980. Aunque ese ritmo disminuyó durante la crisis de los años ochenta, se estima que esa cantidad se acerca a los 25 millones al iniciarse la década de los noventa.
Ahora bien, esta fuerte dinámica laboral no coloca a las brasileras entre las que tienen mejores condiciones de trabajo de la región. Su segmentación ocupacional es acentuada: se ocupan principalmente en el sector servicios y dentro de éste en el rubro de servicios personales y además como empleadas de oficina y en el comercio, mientras los hombres lo hacen fundamentalmente como trabajadores agrícolas y no agrícolas.
Como en otros países de América Latina, destaca la apreciable proporción de técnicas y profesionales en la fuerza laboral femenina en comparación con la masculina -y con la femenina de los países industrializados-, pero en este ámbito también está presente la segmentación: las mujeres son principalmente enfermeras universitarias o maestras y muy pocas de ellas ingenieras o arquitectas.
Padeciendo un fuerte subempleo, ocupando los niveles más bajos de la escala ocupacional y sufriendo discriminación directa por razones de sexo, obtienen un salario promedio que sólo es el 54% del que reciben los varones. Es decir, presentan una de las brechas salariales más fuertes de América Latina.
Las anteriores cifras promedio se desglosan según otros factores diferenciales: las zonas de residencia, las economías regionales, el color, etc. En las regiones pobres, y en el conjunto del país, las mujeres negras o pardas sufren de peores condiciones de empleo, marcado siempre por una gran inestabilidad.
Todo ello sigue relacionado, desde luego, con los patrones culturales que tienden a identificar el trabajo de las mujeres como secundario y complementario -también en términos salariales- del de los varones.