TRABAJO

Como ha sucedido en el resto de América Latina, las mujeres han participado en el desarrollo socioeconómico de Bolivia de distintas formas, siendo las dos principales el trabajo doméstico y las actividades dedicadas al mercado económico. A su vez, dicha participación ha estado condicionada por las características y los cambios del sistema productivo nacional, así como por su particular condición de género.

Como ocurre también en toda la región, el problema consiste en que, por distintas razones, esa contribución de las mujeres resulta sólo parcialmente visible. Ante todo, porque únicamente las actividades convencionalmente consideradas como económicas son integradas en las cuentas nacionales. Los intentos realizados para medir el aporte del trabajo doméstico a la economía nacional no han modificado las convenciones existentes al respecto. Por otra parte, tampoco ha terminado la discusión acerca de si el trabajo doméstico podría ser retribuido de alguna forma, y si con ello aumentaría la autonomía personal de las mujeres.

Así, la participación femenina en el desarrollo adquiere visibilidad fundamentalmente cuando puede medirse como actividad económica. Ello resulta un problema cuando en ciertos ámbitos, como el agrícola, las tareas domésticas y las dirigidas al mercado no pueden distinguirse con facilidad. Con frecuencia, los medios de encuesta y las propias mujeres se inclinan a considerar que su trabajo forma parte de las tareas del hogar y por tanto que son solamente dueñas de casa, es decir, económicamente inactivas. Esta tendencia se acentúa cuando el cuestionario sobre empleo es reducido, como sucede en los Censos, y apenas indaga sobre la ocupación vista como secundaria en el grupo familiar. En cuanto esta forma de registrar se modifica, como sucedió con el Censo de 1992, cambia notablemente el nivel de participación femenina en la Población Económicamente Activa (PEA).

Ciertamente, esta tendencia general a considerar a las mujeres como económicamente inactivas procede de antiguas razones culturales, que consolidaron una división sexual del trabajo, según la cual se atribuye a ellas la responsabilidad del trabajo doméstico y a los hombres la actividad pública y propiamente económica. Y aunque esa división del trabajo se ha flexibilizado con el tiempo, todavía se considera socialmente que las mujeres tienen la responsabilidad fundamental de realizar las tareas domésticas, participen o no en el mercado laboral.

En todo caso, una proporción elevada de población femenina ha trabajado siempre en Bolivia para el mercado económico. La visibilidad de esta circunstancia ha ido aumentando conforme las bolivianas incrementaban su ocupación como asalariadas, aumentaban su actividad mercantil tanto en las zonas rurales como en las urbanas y cambiaban los criterios de registro estadístico.

Al iniciarse la década de los años noventa, se estima que en torno al 40% de la PEA nacional está compuesta por mujeres y que esta proporción seguirá creciendo durante este decenio.

Esta elevada participación femenina en el mercado laboral sólo ha cambiado levemente la segmentación sexual que existe en los distintos ámbitos ocupacionales. Las bolivianas, pese a que su trabajo agrícola está mejor registrado que en el pasado, siguen ocupándose principalmente en el sector servicios, en profesiones tradicionalmente femeninas: servicio doméstico, empleadas de comercio y oficina, y entre las profesionales, como profesoras, enfermeras, etc.

Durante los años ochenta, la crisis económica tuvo como uno de sus principales efectos la reducción del empleo y especialmente el de carácter público. Sin embargo, el elevado grado de informalidad de la economía boliviana no permite un registro muy preciso de esta evolución. De hecho, los datos censales muestran unas tasas de desempleo acentuadamente bajas (un 2,5% en 1992). En este contexto, las mujeres aparecen soportando tasas más reducidas que los hombres, cuando lo que regularmente sucede en América Latina es todo lo contrario.

Más confiables parecen las cifras de subempleo, tanto visible como invisible. Y en esta área las mujeres presentan tasas superiores a los varones. Según la Encuesta de Hogares Urbanos de 1989, un tercio de la PEA femenina trabajaba menos de 35 horas, cifra que era de un 16,4% en el caso de los varones.

Como ha sucedido en el resto de América Latina, las mujeres han participado en el desarrollo socioeconómico de Bolivia de distintas formas, siendo las dos principales el trabajo doméstico y las actividades dedicadas al mercado económico. A su vez, dicha participación ha estado condicionada por las características y los cambios del sistema productivo nacional, así como por su particular condición de género.

Como ocurre también en toda la región, el problema consiste en que, por distintas razones, esa contribución de las mujeres resulta sólo parcialmente visible. Ante todo, porque únicamente las actividades convencionalmente consideradas como económicas son integradas en las cuentas nacionales. Los intentos realizados para medir el aporte del trabajo doméstico a la economía nacional no han modificado las convenciones existentes al respecto. Por otra parte, tampoco ha terminado la discusión acerca de si el trabajo doméstico podría ser retribuido de alguna forma, y si con ello aumentaría la autonomía personal de las mujeres.

Así, la participación femenina en el desarrollo adquiere visibilidad fundamentalmente cuando puede medirse como actividad económica. Ello resulta un problema cuando en ciertos ámbitos, como el agrícola, las tareas domésticas y las dirigidas al mercado no pueden distinguirse con facilidad. Con frecuencia, los medios de encuesta y las propias mujeres se inclinan a considerar que su trabajo forma parte de las tareas del hogar y por tanto que son solamente dueñas de casa, es decir, económicamente inactivas. Esta tendencia se acentúa cuando el cuestionario sobre empleo es reducido, como sucede en los Censos, y apenas indaga sobre la ocupación vista como secundaria en el grupo familiar. En cuanto esta forma de registrar se modifica, como sucedió con el Censo de 1992, cambia notablemente el nivel de participación femenina en la Población Económicamente Activa (PEA).

Ciertamente, esta tendencia general a considerar a las mujeres como económicamente inactivas procede de antiguas razones culturales, que consolidaron una división sexual del trabajo, según la cual se atribuye a ellas la responsabilidad del trabajo doméstico y a los hombres la actividad pública y propiamente económica. Y aunque esa división del trabajo se ha flexibilizado con el tiempo, todavía se considera socialmente que las mujeres tienen la responsabilidad fundamental de realizar las tareas domésticas, participen o no en el mercado laboral.

En todo caso, una proporción elevada de población femenina ha trabajado siempre en Bolivia para el mercado económico. La visibilidad de esta circunstancia ha ido aumentando conforme las bolivianas incrementaban su ocupación como asalariadas, aumentaban su actividad mercantil tanto en las zonas rurales como en las urbanas y cambiaban los criterios de registro estadístico.

Al iniciarse la década de los años noventa, se estima que en torno al 40% de la PEA nacional está compuesta por mujeres y que esta proporción seguirá creciendo durante este decenio.

Esta elevada participación femenina en el mercado laboral sólo ha cambiado levemente la segmentación sexual que existe en los distintos ámbitos ocupacionales. Las bolivianas, pese a que su trabajo agrícola está mejor registrado que en el pasado, siguen ocupándose principalmente en el sector servicios, en profesiones tradicionalmente femeninas: servicio doméstico, empleadas de comercio y oficina, y entre las profesionales, como profesoras, enfermeras, etc.

Durante los años ochenta, la crisis económica tuvo como uno de sus principales efectos la reducción del empleo y especialmente el de carácter público. Sin embargo, el elevado grado de informalidad de la economía boliviana no permite un registro muy preciso de esta evolución. De hecho, los datos censales muestran unas tasas de desempleo acentuadamente bajas (un 2,5% en 1992). En este contexto, las mujeres aparecen soportando tasas más reducidas que los hombres, cuando lo que regularmente sucede en América Latina es todo lo contrario.

Más confiables parecen las cifras de subempleo, tanto visible como invisible. Y en esta área las mujeres presentan tasas superiores a los varones. Según la Encuesta de Hogares Urbanos de 1989, un tercio de la PEA femenina trabajaba menos de 35 horas, cifra que era de un 16,4% en el caso de los varones.

Las serias deficiencias educativas que muestran las mujeres bolivianas hacen que todavía la PEA femenina presente una cantidad de años de estudio menor que la masculina, cuando esta situación ya es la contraria en la mayoría de los países latinoamericanos, debido al salto educativo que han protagonizado las mujeres en casi toda la región.

Estas deficiencias educativas de las trabajadoras bolivianas se hacen más graves a causa de las carencias de formación profesional que presenta el país, y en especial la población ocupada femenina.

Las diferencias salariales entre los sexos son en Bolivia una de las mayores de América Latina: en 1992 las mujeres perciben un ingreso promedio por el factor trabajo que es la mitad del que reciben los hombres. Estas diferencias proceden tanto de la segregación del tipo de trabajo (las mujeres difícilmente obtienen puestos de dirección), como por discriminación sexual directa en trabajos del mismo rango. Todo ello está referido, ciertamente, a la determinación cultural establecida que tiende a identificar la participación económica femenina como secundaria y complementaria de la masculina.