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Las condiciones de salud de las mujeres bolivianas han mejorado desde mediados de este siglo, pero eran tan extremadamente deficientes entonces que aún hoy componen una grave situación sanitaria, cuyos indicadores se encuentran entre los peores de América Latina.
La evolución de la esperanza de vida de la población boliviana, pese a ser un indicador muy grueso de salud, puede resultar al respecto un ejemplo ilustrativo: de 1950 a 1990 dicha expectativa aumentó de forma considerable (en un total de 17 años), pero dado que al comienzo de los años cincuenta ésta era sólo de 40 años, al inicio de los años noventa es de unos 57 años, es decir, una de las más bajas de toda la región.
Por otra parte, esta mejoría de las condiciones sanitarias se ha visto detenida en muchos aspectos por la crisis socioeconómica de los años ochenta, que golpeó a Bolivia con particular dureza. Esta crisis significó en especial un recorte en los recursos tanto financieros como humanos y físicos del sistema de salud.
En todo caso, la situación general de salud de la población boliviana ha evolucionado de acuerdo con sus tres factores principales: el proceso de su transición demográfica, el desarrollo de las condiciones sanitarias básicas (habitacionales, nutricionales, educativas, etc.) y la eficiencia y cobertura del sistema de salud.
En efecto, el hecho de que la transición demográfica de la población boliviana se encuentre aún en sus fases iniciales, presentando un crecimiento alto y una elevada proporción de jóvenes, hace que el cuadro epidemiológico tienda todavía a estar sobredeterminado por el peso de las enfermedades en los niños menores. A comienzos de los años noventa se estimaba que la mitad de las muertes anuales procedían de menores de 5 años.
Es importante destacar que estas estimaciones demográficas tienen un débil respaldo en el registro de la mortalidad que se realiza oficialmente. A fines de los años ochenta las autoridades sanitarias bolivianas estimaban que sólo se registraba un 38% de las muertes que realmente tenían lugar en el país. Esto significa, ciertamente, que uno de los mayores obstáculos que encuentra el análisis de la condición de salud de las mujeres bolivianas está referido a la fragilidad y poca representatividad de la información disponible, especialmente cuando dicha información se requiere desagregada por sexo, como en este caso.
En cuanto al desarrollo de las condiciones básicas de salud es posible afirmar que son todavía en Bolivia un marco de dificultades considerables. En el plano de la situación habitacional, a finales de los años ochenta se calculaba que sólo un 20% del total de hogares bolivianos recibía agua potable en el interior de la vivienda, cifra que se reducía al 7,3% en el área rural. Respecto de la condición alimentaria, los estudios realizados en el primer quinquenio de los ochenta mostraron que entre el 46% y el 60% de los niños bolivianos sufría algún grado de desnutrición.
Sobre estas condiciones básicas se ha ido extendiendo por el país, con suma dificultad, un sistema de salud que regularmente no ha captado la atención suficiente de parte de las autoridades gubernamentales. No obstante, durante los años sesenta y setenta se fue desarrollando un sistema elemental, que se apoyaba en una seguridad social precaria pero que abarcaba a un sector apreciable de trabajadores (es necesario recordar que la principal rama productiva, la minería, pertenecía al área pública). Con la llegada de la crisis de los años ochenta este débil sistema sufrió un fuerte impacto negativo. El flujo financiero del Estado se redujo a la mitad en el curso del decenio, lo que -en un país de rápido crecimiento demográfico- derivó en una drástica disminución del gasto por persona, que si se estimaba en 1980 en torno a los 16 dólares, se había reducido a 4 al final de la década. Así es como al llegar a los años noventa buenaparte de los recursos de salud dependía del apoyo de la cooperación internacional.
El conjunto de estos factores determina que Bolivia presente todavía tasas de mortalidad que se sitúan entre las más altas de la región, tanto de orden general como específico (mortalidad materna e infantil). La estimación que se hace de la composición por sexo de esa mortalidad indica que su lenta disminución ha sido mayor en las mujeres que en los hombres, principalmente debido a la sobremortalidad masculina que significa la muerte por traumatismos fatales, producto de los accidentes y la violencia.
No obstante, el estudio pormenorizado de las causas de muerte enfrenta el problema general de la falta de cobertura informativa. Los datos más actualizados de las causas de muerte registrados en las instituciones hospitalarias sólo representan en torno al 10% de los decesos realmente ocurridos. En cualquier caso, es apreciable que las mujeres bolivianas padecen de una alta mortalidad referida a sus funciones reproductivas, tanto debido a las afecciones tumorales como a los problemas directamente obstétricos. A esto último contribuye la deficiente cobertura clínica del embarazo, parto y puerperio. Pese a que no existe información directa de la interrupción voluntaria del embarazo, los datos indirectos (egresos hospitalarios por aborto) indican una fuerte incidencia de esta práctica en el contexto reproductivo de las mujeres.
Con estos rasgos de salud reproductiva, los servicios de planificación familiar son acentuadamente deficientes en Bolivia. Según la Encuesta Nacional de Demografía y Salud de 1989 sólo un 30% de las mujeres unidas o casadas usaba medios anticonceptivos, cifra que se reducía al 12,2% en cuanto al uso de medios modernos, los cuales apenas eran utilizados por las mujeres rurales. Esta ausencia de servicios hace que sea evidente entre las mujeres un alto grado de fecundidad no deseada: en 1989 las mujeres declaraban en torno a tres su número ideal de hijos, mientras la fecundidad real era de seis. Se trata de la diferencia mayor en América Latina.