MUJERES EN BOLIVIA

A diferencia de otros países de América Latina, en Bolivia la presencia de las mujeres en la construcción nacional y en el conflicto social ha sido permanente desde los levantamientos indígenas del siglo XVIII. Tras la independencia, sus luchas han estado ligadas a proyectos globales de transformación y cambio social llevados adelante por sectores subalternos. Históricamente su acción política ha sido de afirmación de sus derechos ciudadanos y de resistencia contra las diferentes dictaduras. No obstante, pese a esta presencia, la identidad de las mujeres y sus demandas no han sido incorporadas al sistema político, en especial al sistema de partidos y sindicatos, ejes de la vida pública y social.

Más allá de la gran heterogeneidad de situaciones que viven las bolivianas, en un país pluricultural y multilingüe, donde dos de cada tres habitantes viven en regiones en las que predominan las culturas quechua y aymara, diversidad que se acentúa con la creciente informalización de la política y la economía, hay trazos que unifican su experiencia desde el altiplano hasta los llanos orientales. Las raíces culturales en el "allyu" (comunidad andina) y la unidad "jaqui" (persona social formada por la pareja) fijan una forma de relación con los hombres en que la complementariedad de la pareja marca muchas veces sus prácticas organizativas, políticas y sociales. Sin embargo, comparten también la condición de opresión de la organización patriarcal de la sociedad que se expresa en fenómenos como la violencia doméstica, tan extendida como ocultada.

En las últimas cuatro décadas los rasgos vitales de las bolivianas se han modificado sólo moderadamente, a excepción de los principales núcleos urbanos donde ese cambio ha sido mayor. Con todo, en promedio, continúan siendo fundamentalmente jóvenes, la mitad reside en zonas rurales y tiene todavía cerca de cinco hijos por cada mujer. Su participación económica se ha ido haciendo más visible conforme ha mejorado el registro de ésta en Censos y Encuestas. En 1992 la información censal indicaba que las mujeres representaban el 40% de la fuerza laboral del país. Esa participación laboral se hace en condiciones difíciles desde la crisis económica de los años ochenta y los programas de ajuste que la sucedieron, con un incremento importante de la informalidad y deterioro salarial. El ingreso promedio de las mujeres que trabajan económicamente sigue siendo apreciablemente menor que el de los hombres.

Las condiciones de vida de las bolivianas se encuentran entre las más deprimidas de América Latina. Su nivel educativo ha mejorado lentamente y se encuentra todavía por debajo del de los hombres, situación que las diferencia claramente de las mujeres de la gran mayoría de los países latinoamericanos, donde ese nivel se elevó sustancialmente en las dos últimas décadas. Los indicadores de salud también se sitúan entre los peores de la región, con el agravante de que el sistema de salud atraviesa una crisis generalizada desde mediados de los años ochenta. A comienzos de los años noventa, la mayor parte de la asistencia sanitaria dependía en Bolivia del apoyo de la cooperación internacional. La alta mortalidad infantil y materna se corresponden con una escasa cobertura de sistemas de salud reproductiva, en un país donde destaca el bajo uso de medios eficaces de control de la fecundidad al lado del nivel más alto de América Latina en cuanto a natalidad no deseada.

Este perfil sociodemográfico, basado en cifras promedio, esconde importantes diferencias por sectores, que no es posible recoger plenamente en este texto debido a la falta de información suficientemente desagregada por factores, especialmente según nivel socioeconómico y grupo étnico.

La incorporación de las bolivianas a posiciones de poder ha estado marcada por los procesos políticos vividos por el país. En 1968 una mujer ocupó una cartera ministerial y sólo en 1990 otra participó en el Gabinete. Por otra parte, la accidentada lucha por la restauración democrática, con dictaduras, fraudes electorales y golpes militares, colocó, en 1979, en la Presidencia de la República -en forma interina- a Lydia Gueiler, dirigenta de gran trayectoria en la Revolución de 1952. Sin embargo, en el Gabinete actual no hay mujeres. En el Poder Legislativo, lentamente ha ido aumentando la presencia femenina, así como en los Concejos Municipales democratizados en 1985. No obstante, nunca una mujer ha ocupado una Magistratura en la Corte Suprema de Justicia. Al mismo tiempo, si bien su acción en los partidos políticos como el Movimiento Nacionalista Revolucionario, MNR, que fue determinante para el éxito de la Revolución, ésta no se ha traducido, sino ocasionalmente, en cargos de dirección partidaria. Los sindicatos mineros y campesinos, eje de los procesos políticos y sociales de los últimos cincuenta años, han contado con un apoyo extraordinario en los Comités de Amas de Casa y las organizaciones de mujeres campesinas, que no han logrado la aceptación de su capacidad política autónoma ni el reconocimiento del derecho a voto en las organizaciones nacionales.

El movimiento social de mujeres, surgido en condiciones de extrema pobreza y explotación, se nutre de diversas vertientes, como la sindical minera y campesina, pero también de aquélla que nace de la distribución de alimentos por el desabastecimiento y la escasez que se instalaron en Bolivia desde la década de los 50 y que dieron origen a las donaciones de excedentes agrícolas por parte de Estados Unidos y otras agencias de cooperación internacional. Son miles las organizaciones y grupos receptores de alimentos. Los clubes de madres, los comités de amas de casa de los barrios populares, los comités populares de salud, los núcleos de educación femenina, todos apuntan a la satisfacción de necesidades básicas. Sin embargo, muchos de ellos, en su propia práctica, van descubriendo su condición de subordinación de género y van formulando demandas destinadas a enfrentar los problemas más graves. Al mismo tiempo, diversos grupos han ido constituyendo una corriente feminista que crece en capacidad de propuesta y coordinación.

El proyecto de investigación Mujeres Latinoamericanas en Cifras fue desarrollado en Bolivia por Ivonne Farah, investigadora de FLACSO-Bolivia. La presentación de resultados fue realizada por la Coordinación Regional, atendiendo a las necesidades de comparación del caso boliviano con el resto de los países de América Latina.