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Como sucede en el resto de los países latinoamericanos, las argentinas han participado en el desarrollo de su país por diversas vías, siendo las dos principales el trabajo realizado en el ámbito doméstico y las actividades referidas directamente al mercado económico. Asimismo, esta participación ha estado determinada por los cambios en el proceso productivo nacional y por la condición específica de género de las mujeres.
Ahora bien, como también ocurre en toda la región, el problema reside en que, por distintas razones, esa contribución de las mujeres es sólo parcialmente visible. Ante todo, por el hecho de que sólo las actividades convencionalmente consideradas económicas forman parte de las cuentas nacionales. Los intentos realizados para medir el aporte del trabajo doméstico a la economía nacional no han modificado las convenciones existentes al respecto.
Por otro lado, tampoco ha terminado la discusión acerca de si el trabajo doméstico podría ser retribuido de alguna forma, y si con ello aumentaría la autonomía personal de las mujeres.
De esta forma, la participación de las mujeres en el desarrollo adquiere visibilidad fundamentalmente cuando puede medirse como actividad económica. Sin embargo, distinguir este tipo de actividades de las referidas al trabajo doméstico no siempre es fácil, especialmente en las zonas rurales. Con frecuencia, las mujeres rurales y las residentes en la periferia de las ciudades tienden a declararse únicamente como dueñas de casa (integrando en sus tareas domésticas actividades como la cría de animales, ciertas artesanías, etc.), lo que, junto a problemas generales de registro, hace que queden excluidas de la Población Económicamente Activa (PEA).
La tendencia al subregistro se acentúa en el caso de los Censos de Población, por cuanto éstos no tienen como objetivo central la información sobre empleo, dejando así sin registrar buena parte del "trabajo secundario" de los hogares, es decir, del trabajo realizado por otros miembros que no son el jefe de hogar, como es el caso de las mujeres. Ese subregistro es apreciablemente menor en las Encuestas Permanentes de Hogares, si bien en Argentina presentan el problema que sólo tienen cobertura urbana, lo que obliga a recurrir a los censos cuando se requieren datos nacionales.
La inclinación de las instituciones estadísticas y de las propias mujeres a no registrarse como económicamente activas, tiene sus raíces en algunos patrones culturales, según los cuales se establece una determinada división sexual del trabajo: las mujeres tienen como responsabilidad central el cuidado del hogar y los hombres las actividades públicas y propiamente económicas. Es cierto que tal división de tareas se ha flexibilizado en las últimas décadas, pero todavía se sigue considerando que el trabajo del hogar es responsabilidad básica de las mujeres, participen o no del mercado laboral extradoméstico.
De hecho, una proporción de mujeres trabajó siempre en Argentina como parte del mercado económico. En las últimas cuatro décadas esa situación se ha ido haciendo cada vez más visible, conforme las mujeres se han ido ocupando como asalariadas o han aumentado su presencia en la actividad mercantil. También ha contribuido a visibilizar la participación laboral de la mujer el cambio cultural que ha permitido progresivamente que las declaraciones y los registros reflejen más adecuadamente la realidad social.
Ahora bien, el nivel de esa participación es difícil de precisar en el ámbito nacional, dado que, como ya se apuntó, la Encuesta Permanente de Hogares tiene sólo cobertura urbana y los datos censales, aunque cubren todo el país, subregistran apreciablemente el trabajo femenino.
Por estas razones, la estimación de la participación de la mujeres en la PEA nacional ha de realizarse de forma aproximada. Puede afirmarse que las mujeres representan entre un tercio y un 40°/(, de dicha PEA, por cuanto, según los datos de la Encuesta Permanente de Hogares de 1990, las mujeres eran el 36,2% de la PEA urbana (siendo el peso de la PEA rural muy pequeño en Argentina).
En todo caso, no hay duda acerca del crecimiento sostenido de esa participación en las últimas décadas.
El indicador más claro de dicho crecimiento es la cantidad de mujeres que trabajan del conjunto de las que tienen más de 14 años (tasa de participación económica). Según la Encuesta Permanente de Hogares, esa tasa era en 1980 del 30,3% y había ascendido al 40,2% en 1990.
Ciertamente, esa cifra es todavía bastante menor que la presentada por los varones, que en 1990 era del 76,6%,.
Existen, además, diferencias notables en los tipos de empleos que realizan mujeres y hombres. La mayoría de las mujeres trabajan en el sector terciario de la economía, y principalmente como empleadas (de oficina y comercio) y en el servicio doméstico, mientras los hombres se reparten más regularmente por los distintos sectores económicos. No obstante, como sucede ya en la mayoría de los países latinoamericanos, la proporción de profesionales que posee la PEA femenina es superior a la que tiene la PEA masculina.
Cuando se desagrega los grupos ocupacionales por profesiones específicas se aprecia más aún la segmentación del empleo según sexo. Por ejemplo, en el grupo de profesionales las mujeres son la gran mayoría de los profesores y casi la totalidad de las enfermeras, mientras que son una minoría entre los arquitectos y los ingenieros.
Por otra parte, las mujeres encuentran mayores problemas para adquirir y mantener un empleo que los hombres. Los datos sobre desocupación disponibles muestran que la tasa de desempleo fue mayor en las mujeres en casi todos los años ochenta, a excepción de aquellos en que la cesantía fue muy fuerte, pero inmediatamente después la recuperación del empleo era más rápida entre los hombres.
Con el fuerte crecimiento del nivel educativo femenino en las últimas décadas, la PEA femenina tiene ya una mayor cantidad de años de estudio que la PEA masculina. Sin embargo, ello no significa que se haya reducido en forma correspondiente la brecha salarial entre mujeres y hombres. Se estima que éstas obtienen en torno a los dos tercios de los ingresos que consiguen los hombres por razón de trabajo económico.
Todo indica, así, que los problemas que enfrentan las mujeres en cuanto al mercado de trabajo están cada vez menos referidos a la educación formal, sino más bien a la segmentación sexual del empleo, a la falta de capacitación profesional específica y a la permanencia de patrones culturales que siguen considerando que el trabajo femenino es complementario del masculino.