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SIMPOSIO SOBRE PARTICIPACIÓN MASCULINA EN LA SALUD SEXUAL
Y REPRODUCTIVA: NUEVOS PARADIGMAS, Oaxaca, México, Octubre de 1998
Una colaboración de IPPF/RHO (info@ippfwhr.org        http://www.ippfwhr.org) y AVSC International (info@avsc.org        http://www.avsc.org)

  SÍNTESIS DE SU DESARROLLO, por tema
 Reconocimientos Introducción | Género y masculinidad | Masculinidad/es Sexualidad |
Sexualidad adolescente | ETS/VIH/SIDA Masculinidad y salud sexual y reproductiva Violencia Paternidad
 
 
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RECONOCIMENTOS

La IPPF/Región del Hemisferio Occidental y AVSC International desean dar las gracias de manera especial a José Olavarría, a Teresa Valdés y al equipo de investigadores de FLACSO, quienes investigaron y prepararon este resumen de publicaciones. Además, les estamos muy agradecidos a Michèle Burger, Karen Giffin, Lori Rolleri, Jim Shortridge, y Miriam Zavala Díaz por redactar secciones y aportar compilaciones de materiales.

Nosotros en la IPPF/RHO y AVSC quisiéramos expresar nuestro profundo aprecio a las personas que sirvieron de inapreciables asesores a lo largo del entero proceso de investigación y redacción: María José Alcalá de la División Latinoamericana y Caribeña del Fondo de Población de las Naciones Unidas, Gary Barker, y todos los miembros del comité asesor del simposio regional: José Angel Aguilar, Javier Alatorre Rico, Margareth Arilha, Benno de Keijzer, María Isabel Plata, Debbie Rogow, y Jaime Tellería.

También queremos agradecer a todas las personas que nos brindaron su guía, sus recursos y pensamientos inestimables: Ofelia Aguilar Hernández, Ana Amuschástegui, Laura Asturias, Alberto Becerril, Gloria Careaga, Esther Corona, Guillermo Egremy, Juan Guillermo Figueroa, Cristina Galante, Nadine Goodman, Eduardo Liendro, Ana Luisa Liguori, Patricia Nava, Eusebio Rubio, Ivonne Szasz, y Kathryn Tolbert.

Además la IPPF/RHO y AVSC también le dan las gracias a Stuart Burden de la Fundación John D. y Catherine T. MacArthur y a Sara Costa de la Fundación Ford en Brasil por su autorización especial para utilizar las obras que sus organizaciones patrocinaron.

Asimismo, deseamos rendir reconocimiento a los tantos miembros del personal de la IPPF/RHO y AVSC que colaboraron en la metodología, preparación y/o revisión de estos informes: David Andrews, Humberto Arango, Robert Becker, Lisette Bernal Verbel, Phyllis Butta, Andrea Eschen, Alcides Estrada, Judith F. Helzner, Consuelo Juárez, Evelyn Landry, Andrew Levack, María Lorencikova, Eliza Mahony, Magaly Marqués, Claudia Muñoz, Ingrid Peñaloza, Sara Warren Gardner, Mary Nell Wegner, y Tim Williams.

La IPPF/RHO y AVSC se complacen en expresar su aprecio a las siguientes personas por su aporte a la elaboración final del documento: los traductores Ernesto Fedukovitch y Michael Shane y la diseñadora gráfica Anna Kurica.

Para concluir, agradecemos al Departamento para el Desarrollo Internacional, UK, a la Fundación Ford, la División Latinoamericana y Caribeña del Fondo de Población de las Naciones Unidas, la Fundación John D. y Catherine T. Mac Arthur, y la Agencia de Desarrollo Internacional, EEUU, por su generoso patrocinio de este resumen y del simposio regional en América Latina.

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INTRODUCCIÓN

AVSC Internacional y la Federación Internacional de Planificación Familiar/Región del Hemisferio Occidental (IPPF/RHO) son los co-patrocinadores del Simposio sobre la Participación Masculina en la Salud Sexual y Reproductiva: Nuevos Paradigmas. Ambas organizaciones concordaron en que sería útil, como documento de antecedente para los participantes en el simposio, contar con un resumen de los estudios e investigaciones publicados sobre la equidad de género y participación masculina en salud sexual y reproductiva en América Latina, con un resumen de la bibliografía comentada. Este estudio refleja el compromiso de los co-patrocinadores, por acumular y compartir el conocimiento actual sobre los hombres y su participación en el campo, relativamente reciente y en expansión, de la salud sexual y reproductiva.

Las responsabilidades reproductivas de los hombres recibieron atención global en la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo (Cairo, 1994) y en la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer (Beijing, 1995). Fue durante esas dos reuniones que hombres y mujeres del mundo entero concordaron trabajar para lograr el objetivo del desarrollo sustentable. Ellos reafirmaron la conexión entre población y desarrollo en el entendido que la igualdad de género, junto con la participación de hombres en la reproducción y la paternidad, son componentes esenciales para el desarrollo sustentable:

Debería hacerse esfuerzos especiales por insistir en la parte de responsabilidad del hombre y promover la participación activa de los hombres en la paternidad responsable, el comportamiento sexual y reproductivo saludable, incluida la planificación de la familia; la salud prenatal, maternal e infantil; la prevención de enfermedades de transmisión sexual, incluido el VIH; la prevención de los embarazos no deseados. (ICPD 4.27)

El objetivo de la conferencia sobre la mujer en Beijing fue acelerar el adelanto de las mujeres. Para lograrlo, los delegados reconocieron que "...debe ser establecido el principio del poder y responsabilidad compartidos entre hombres y mujeres en el hogar... " (FWCF 1).

En estas conferencias, la comunidad internacional tomó pleno conocimiento de la conexión entre la igualdad de género y el hecho que los varones comparten las responsabilidades reproductivas:

Los cambios de los conocimientos, las actitudes y el comportamiento de hombres y mujeres constituyen una condición necesaria para el logro de una colaboración armoniosa entre hombres y mujeres. El hombre desempeña un papel clave en el logro de la igualdad de los sexos, puesto que, en la mayoría de las sociedades, ejerce un poder preponderante en casi todas las esferas de la vida, que van desde las decisiones personales respecto del tamaño de la familia hasta las decisiones sobre políticas y programas públicos a todos los niveles. Es fundamental mejorar la comunicación entre hombres y mujeres en lo que respecta a las cuestiones relativas a la sexualidad y a la salud reproductiva y la comprensión de sus responsabilidades conjuntas, de forma que unos y otras colaboren por igual en la vida pública y en la privada. (ICPD 424).

Sin embargo, más allá de los conocimientos y los compromisos contraídos en contundentes documentos, cuatro años después de la conferencia del Cairo, y tres años pasada la conferencia de Beijing no se observa de parte de los gobiernos de América Latina una actitud decidida para ponerlos en práctica. Se ha logrado ciertos avances en el campo de la intervención e investigación en áreas específicas, y en algunos países, los menos, se ha iniciado cierto debate en tono a la participación masculina en la salud reproductiva, la paternidad y la violencia. Los libros, artículos y documentos incluidos en este informe pretenden dar a conocer la magnitud del avance en nuestra región, así como crear una base para las enormes tareas que están por venir.

Los trabajos incluidos en este informe reflejan, no sólo la complejidad de involucrar a los hombres para que compartan las responsabilidades reproductivas y las dificultades y barreras que se presentan cuando se trata de cambiar actitudes colectivas profundamente arraigadas, sino que confirman el empeño de muchas personas de enfrentar nuevos desafíos y su optimismo en cuanto a lograr soluciones viables.

La literatura disponible incluye hallazgos teóricos y resultados de investigación empírica, llevados a cabo por hombres y mujeres talentosos/as, curiosos/as y creativos/as de las Américas. Aunque la investigación incluyó trabajo realizado por todas las Américas, se ha enfatizado programas y estudios llevados a cabo en América Latina. Registra las voces de hombres de todas las edades, con orígenes socioeconómicos diferentes, de países tan distintos de la región como la Argentina, Bolivia, el Brasil, Colombia, Costa Rica, Chile, el Ecuador, Guatemala, Honduras, Jamaica, Panamá, Puerto Rico, la República Dominicana, México, Nicaragua y el Perú. Los resultados de estos estudios revelan una conciencia creciente acerca de las consecuencias negativas -para las mujeres y los propios hombres- del paradigma tradicional de masculinidad y sus mandatos socio-culturales, al tiempo que presentan el surgimiento de modelos alternativos de masculinidad.

Este recuento cubre, como principales temas, género y masculinidad, masculinidad/es, sexualidad masculina, sexualidad adolescente, actitudes y conocimientos de los varones y su influencia sobre la salud sexual y reproductiva, incluyendo ETS y VIH/SIDA, violencia y paternidad.

Si bien esta revisión es extensiva en lo temático, no incluye todo el material existente. Considera libros, artículos, ensayos, trabajos teóricos, resultados de investigación, estrategias programáticas y resúmenes de programas existentes. Se sabe de investigaciones actualmente en curso y de trabajos que reflexionan sobre los diferentes temas señalados, pero su circulación es aún muy restringida o están en proceso de ser publicados. Los circuitos de circulación de conocimientos en los países de América Latina tienden a ser muy segmentados, y las dificultades de distribución de la producción en diferentes lugares inhibe la posibilidad de conocer la totalidad de lo que se ha hecho o está haciendo. Además, continuamente se están desarrollando perspectivas y programas nuevos, en especial en el campo de la sexualidad y la salud reproductiva.

En efecto, las investigaciones acerca de los hombres, su conducta sexual y reproductiva y su impacto sobre las mujeres, están creciendo rápidamente, influidas por las demandas de las propias mujeres y algunos hombres, por las limitaciones que tienen los programas de paternidad responsable y control de la natalidad, por la gran cantidad de abortos que se provocan anualmente, así como por los avances médicos y tecnológicos. En este último campo, el tratamiento de la infertilidad, la impotencia y otros problemas sexuales son ejemplo de intervenciones recientes, que no están incluidos en este resumen, pero que sin embargo afectan la salud sexual y reproductiva de hombres y mujeres.

Este resumen intenta presentar conceptos, ideas y perspectivas nuevos utilizados por investigadores y profesionales y que son relevantes y necesarios para que los utilicen formuladores de políticas y proveedores de salud sexual y reproductiva al poner en marcha programas que integren a los hombres en ese ámbito en los países de América Latina.

El formato de este compendio está intencionado para su uso como material de referencia para profesionales de la salud reproductiva, proveedores de planificación familiar, activistas, investigadores y programadores. De este modo, el énfasis está en la revisión bibliográfica de material original, con una introducción que señala los puntos más importantes, sobresalientes, y relevantes de la literatura. Cuando un tema es tratado más de una vez por un mismo autor o varios autores/as, se incluyó sólo alguno/s de ellos, los que están más fácilmente disponibles, sin desmerecer a los otros.

El documento está dividido en dos partes: un resumen -por temas- de la literatura y la bibliografía referida. Considera temas que serán abordados en el simposio: masculinidad; sexualidad; actitudes, conocimiento e influencia de los hombres sobre la salud sexual y reproductiva; ETS/VIH/SIDA; violencia y paternidad.

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GÉNERO Y MASCULINIDAD

El género es una dimensión constitutiva de las relaciones sociales y de la cultura. No importa cuál fenómeno humano se estudie, se lo podrá entender en algunas de sus características y dinámicas a partir de la diferencia sexual y las construcciones culturales y sociales a las que da pie (Lamas 1996; Scott 1996; Ortner y Whitehead 1996). Estas construcciones conforman lo que se ha denominado un sistema de sexo/género, o sea aquel conjunto de prácticas, símbolos, representaciones, normas y valores sociales que las sociedades elaboran a partir de la diferencia sexual anátomo y fisiológica y que dan sentido a la satisfacción de los impulsos sexuales, a la reproducción de la especie humana, y en general, a las relaciones que las personas establecen entre sí; son la trama de relaciones sociales que determina las relaciones de los seres humanos en tanto personas sexuadas (Rubin 1996; De Barbieri 1992). El sistema de sexo/género define atributos, formas de relación, especialización, normatividad, valores, jerarquías, privilegios, sanciones y espacios en los que organiza a los individuos según su asignación de género (Lagarde 1992).

Según los/as autores que han trabajado este objeto de estudio, el sistema de sexo/género que existe en América Latina está caracterizado por la subordinación de la mujer al varón, posibilitada a través de diversos mecanismos (Lamas 1995; De Barbieri 1992; Fuller 1997). Este sistema se estructura como una organización genérica particular, con carácter hegemónico, el patriarcado, entendido como un sistema de poder, un modo de dominación cuyo paradigma es el varón. Está basado en la supremacía de lo masculino sobre las mujeres y lo femenino, que es inferiorizado. Se trata de una organización definida -a priori- por una relación de dominación-subordinación entre los géneros, que implica la existencia de diferentes oportunidades para varones y mujeres al momento de elegir una conducta determinada y en la vivencia de las relaciones, que se definen en gran medida por el ejercicio de poderes.

En este sistema, que cuenta con un extenso desarrollo histórico, las relaciones entre hombres y mujeres son construidas como desiguales; el poder social está distribuido diferencialmente entre ambos y segmentado según diversos ámbitos (público/masculino y privado/femenino). Asimismo, provee roles diferenciados para hombres y mujeres y valoraciones jerarquizadas de los mismos y ha asignado, a la vez, configuraciones de sentido para la construcción de identidades genéricas. Entre los principales agentes que reproducen las identidades de género que emergen de este sistema, está la familia que transmite y socializa en las formas hegemónicas de la masculinidad (León 1995).

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MASCULINIDAD/ES

Las publicaciones existentes han estudiado la masculinidad desde diversas perspectivas, posiciones teóricas y enfoques metodológicos, originados especialmente en las ciencias sociales, como la antropología, la sociología, la psicología, la historia y la economía (Kimmel 1992; Clatterbaugh 1997; Gomáriz 1997; Valdés y Olavarría 1997). Según algunos investigadores, asistimos al paso de una perspectiva más bien etnográfica de los estudios de la masculinidad a otra global, que permita definir políticas en torno a ello (Connell 1995).

Existen diversos estudios e investigaciones sobre masculinidad, llevados a cabo en la última década por especialistas que no son de la región, que han tenido y tienen una significativa influencia en los investigadores de América Latina y el Caribe (Kaufman, Gilmore, Seidler, Badinter, Connell, Kimmel, Marqués). Ellos/as han trabajado en la tradición de los estudios de género desde el feminismo y han favorecido el desarrollo de estudios sobre masculinidad, que se han iniciado recientemente en la región. En varios países se hicieron y hacen estudios sobre identidad masculina y ya hay resultados y publicaciones que comienzan a circular.

Los investigadores concuerdan en que no se puede definir la masculinidad fuera del contexto socioeconómico, cultural o histórico en que están insertos los varones, y que es una construcción cultural que se reproduce socialmente (Kaufman 1987; Gilmore 1994; Seidler 1994; Badinter 1993; Connell 1995; Gutmann 1996; Kimmel 1992; Fuller 1997; Viveros 1998; Valdés y Olavarría 1998). Existe consenso en que existe un modelo patriarcal "hegemónico" de la masculinidad, que está incorporado en la subjetividad de los hombres y que de alguna forma se constituye en parte su identidad masculina. Este modelo impone mandatos que señalan -tanto al varón como a las mujeres- lo que se espera de ellos y ellas, y pasa a ser el referente con el que se comparan y son comparados los hombres, así como una fuente de tensión y conflictos al querer diferenciarse de él.

El modelo de masculinidad dominante caracteriza a los hombres como personas importantes y seres activos, autónomos, fuertes, potentes, racionales, emocionalmente controlados, heterosexuales y proveedores, por oposición a las mujeres que son el segmento no importante de la sociedad. Los varones son portadores de poder, son impulsados a buscar poder y a ejercerlo con las mujeres y con aquellos hombres a los que pueden dominar. Este modelo lleva a establecer relaciones de subordinación, no sólo de la mujer con respecto al hombre, sino también entre los propios varones, permitiendo masculinidades hegemónicas y subordinadas (Kaufman y Pineda 1991; Ramírez 1993; Stern 1995; Ragúz 1995; Connell 1997; Cazés s/f; Kimmel 1997; 1998; Seidler 1994; Marqués 1997; Fuller 1997; Viveros 1998; Valdés y Olavarría 1998).

Hacerse hombre es un proceso al que está sometido el varón desde la infancia. Ser hombre es algo que se debe lograr -conquistar- y merecer. Este proceso tiene dificultades y en algunos momentos es doloroso. Se llega, finalmente, a ser varón en plenitud cuando se es responsable, trabajador, "de la calle", racional, heterosexualmente activo (penetrador), proveedor, jefe de hogar y padre (Badinter 1993; Marqués 1997; Barker y Lowenstein 1997; Valdés y Olavarría 1998).

Para hacerse hombre los varones deben conocer el esfuerzo, la frustración, el dolor y ser aceptados por los otros varones que ya son "hombres" y por las mujeres. Los otros hombres califican, juzgan la masculinidad del varón; las mujeres son su opuesto; ellos no deben ser como las mujeres, emocionales, de la casa, pasivas, penetradas sexualmente, madres. La mujer y lo femenino representa el límite, la frontera de la masculinidad, el que pasa la transgrede, se expone a ser calificado de poco hombre o "maricón". (Kimmel 1997; Kaufman 1977; Fuller 1997; Viveros 1998; Badinter 1993; Gilmore 1994; Lagarde 1992).

En la medida en que esta manera de ser hombre se ha transformado en lo "natural" -"los hombres son así"- se ha invisibilizado el poder de los hombres. De este modo, el poder de los hombres sobre las mujeres no es visible, como tampoco lo es el de los varones en situaciones hegemónicas (blancos, con poder económico, entre otros) sobre los que están subordinados (Kimmel 1998). Las prácticas corporales tienen gran importancia en la construcción del género, y de la misma manera, la corporalidad del varón se ha transformado en algo natural. Pero el cuerpo está abierto al cambio y es constantemente afectado por el poder social; de allí que la transformación de las masculinidades conlleva, necesariamente, un cambio en la corporalidad masculina (Connell 1998).

La pertenencia a grupos socialmente subordinados, como son los hombres sectores obreros, populares y/o que pertenecen al sector informal de la economía (Guzmán y Portocarrero 1992; Goldenberg 1994; Gutmann 1996; Olavarría, Benavente y Mellado 1998), a grupos étnicos o minorías raciales (Hernández 1998), o a minorías sexuales (Kimmel 1994; Jiménez 1998), condiciona y afecta las identidades masculinas de los hombres pertenecientes a ellos.

La masculinidad adquiere diversos significados para el varón en las distintas etapas de su vida. La sexualidad, el trabajo, la relación de pareja cambian si se trata de un adolescente, adulto joven o adulto mayor (Fuller 1997; Viveros 1998).

Algunos estudios analizan críticamente el concepto de "machismo", entendido como la versión estereotipada de la masculinidad de los varones latinoamericanos, que se manifiesta en violencia y dominio sobre las mujeres, multiplicidad de relaciones amorosas y sexuales, hijos con numerosas mujeres, consumo ilimitado de alcohol y actitudes temerarias, y su validez para entender las representaciones sobre masculinidad y las prácticas de los varones en nuestra región (Ramírez 1993; Gutmann 1996; Mirandé 1997; Fuller 1998).

La vivencia de la masculinidad está íntimamente ligada al ejercicio de la sexualidad. El hombre tiene sexo, su cuerpo está echo para penetrar. Una característica central de la masculinidad hegemónica es la heterosexualidad, la sexualidad ejercida con el sexo opuesto; un hombre que cumpla con los mandatos hegemónicos debe ser heterosexual. La heterosexualidad también deviene un hecho natural (Lamas 1995; Lagarde 1992; Kaufman 1995; Rubin 1987; Kimmel 1997; Connell 1995; Fuller 1997; Ramírez 1993; Gilmore 1994; Badinter 1993; Valdés y Olavarría 1998; Olavarría et al 1998).

La masculinidad hegemónica asociada a la sexualidad -heterosexualidad- y al control del poder por los hombres es una masculinidad que renuncia a lo femenino; valida la homosocialidad -la relación con sus pares, como la realmente importante- y el persistente escrutinio por parte de los otros hombres; aprueba la homofobia y sostiene el sexismo y el heterosexismo (Marqués 1992; Kimmel 1997; Kaufman 1987).

Los hombres pagan un precio elevado al intentar vivir según este modelo de masculinidad que reprime sus sentimientos, y genera incertidumbre, frustraciones y afecciones a su salud (Nolasco 1993; Badinter 1993; De Keijzer 1997). Según algunos autores, el poder asociado con la masculinidad dominante también puede convertirse en fuente de enorme sufrimiento y dolor, puesto que sus símbolos constituyen ilusiones imposibles de lograr. Ningún hombre es capaz de alcanzar tales ideales y símbolos (Marqués 1992; Kaufman 1995; Kimmel 1997).

Por ejemplo, la articulación entre honor, suicidio y masculinidad aparece fuertemente asociada en un estudio sobre gauchos, donde el suicidio es una alternativa legítima para mantener la identidad personal en los varones cuando ya no es posible cumplir con las exigencias de la masculinidad digna (Fachel Leal 1997).

También la violencia y las afecciones físicas y mentales están asociadas con los mandatos de la masculinidad hegemónica. Quienes han estudiado el tema consideran que tanto la violencia como diversas patologías, especialmente las adicciones -alcohol y drogadicción- y los problemas de salud mental no son sólo problemas de salud, sino indicios del dolor y la tensión que un modelo masculino tradicional impone a los hombres (De Keijzer 1997; Rodríguez 1997).

Algunos estudios se han centrado en las nuevas formas que comienzan a surgir como respuesta al modelo hegemónico de masculinidad; nuevos paradigmas de ser hombre, que incorporan la expresión del afecto y la emocionalidad por los varones, la importancia del ocio, la participación en las actividades tradicionalmente consideradas femeninas de la reproducción y el hogar, entre otras (Nolasco 1993; Kreimer 1991; Ramírez 1993; Clatterbaugh 1997).

Pero quienes han investigado sobre la identidad masculina y sus expresiones en la sexualidad están convencidos de que los hombres no cambiarán su conducta si estos nuevos conocimientos no están incorporados plenamente en las estrategias de los programas de salud sexual y reproductiva (Shepard 1996).

Afortunadamente, en los últimos años han surgido grupos de hombres en varios países de la región, grupos que atienden y apoyan a hombres, como CISTAC en Bolivia, el Colectivo de Hombres por Relaciones Igualitarias, CORIAC, en México; la Casa de la Masculinidad, CAMHA, en República Dominicana, y Puntos de Encuentro, el Grupo de Hombres Contra la Violencia de Nicaragua. Estos grupos trabajan haciendo conscientes a los varones de las consecuencias de las formas y mandatos de la masculinidad dominante, y de esa manera buscan modificar conductas violentas y destructivas asociadas con las ideas tradicionales de masculinidad. Estos grupos tienen por objeto estimular actitudes nuevas en los varones, que les permitan a expresar sus sentimientos y establecer relaciones de afecto y respeto con sus mujeres e hijos y a tomar parte tanto en el trabajo productivo como en lo reproductivo. Especial atención han prestado a la experiencia de la paternidad.

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Programas sobre la/s masculinidad/es

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SEXUALIDAD

El conocimiento y la comprensión de la sexualidad masculina, en el marco del modelo de masculinidad hegemónica, pueden entregar elementos adicionales de comprensión a los profesionales que trabajan en población, desarrollo económico y salud. Los proveedores de planificación familiar, salud reproductiva y prevención del SIDA deben entender la sexualidad masculina para poder diseñar programas efectivos que, no sólo atraigan a los hombres, sino que los convenzan de llevar una vida sexual y reproductiva sana.

La experiencia sexual es el resultado de un complejo conjunto de procesos sociales, culturales e históricos que explica la construcción de la sexualidad y la diversidad de sus manifestaciones (Parker 1991, 1996).

Un tema recurrente en la literatura sobre sexualidad es que los hombres asocian niveles altos de actividad sexual con la masculinidad, valoración que está sustentada en el modelo hegemónico de masculinidad. Los estudios realizados indican que entre los hombres, cualquiera sea su condición, está ampliamente presente la idea de que el deseo sexual es un "instinto", determinado biológicamente como en todo animal; que no lo pueden controlar, y los lleva a conquistar y poseer mujeres para penetrarlas, incluso cuando tienen pareja y conviven con ella. (Kimmel 1997, Kaufman 1997, Szasz 1997; Valdés y Olavarría 1998; Viveros 1998). Al atribuir su sexualidad a un instinto animal -fenómeno fisiológico- en la razón no puede controlar el cuerpo y el deseo, los hombres no se hacen responsables de su conducta sexual (Giffen en Barker 1996; Szasz 1997, Olavarría et al. 1998).

Directamente asociado con la construcción del cuerpo y del deseo que hacen los varones de sí mismos está la interpretación que hacen del cuerpo de la mujer. El hombre es el activo, toma la iniciativa, penetra; la mujer es pasiva, se deja conquistar, poseer y penetrar. El hombre, si es necesario, puede ejercer poder sobre la mujer para penetrarla y satisfacer su deseo.

Investigaciones sobre sexualidad masculina y masculinidad señalan que los varones distinguen entre sexo y amor. El sexo lo asocian con la posibilidad de satisfacer el deseo instintivo con una mujer, y es visto por los varones como una reafirmación de su masculinidad ante ellos mismos y para ser mostrada a los otros hombres. Esto es especialmente válido en la primera relación sexual, que tiene carácter iniciático en los varones, un rito a cumplir para lograr ser un varón aceptado por los demás hombres adultos (Sharim y Silva 1996; Ramírez 1997, Szasz 1997; Valdés y Olavarría 1998; Olavarría et al. 1998).

La relación amorosa afecta fuertemente el ejercicio de la sexualidad del varón: "se hace el amor" con la mujer amada y "se tiene sexo" con las otras (Viveros 1988; Valdés y Olavarría 1998; Cáceres 1998). Esta situación lleva a lo que algunos investigadores denominan la fragmentación de los hombres, a tener relaciones sexuales sin sentimientos de ternura o amor con la pareja, sólo para satisfacer y comprobar su virilidad (Giffen 1997; Barker y Loewenstein 1995). Algunas publicaciones distinguen lo que denominan la "genitalización" de la sexualidad masculina, donde los hombres se concentran totalmente en el pene y se separan del resto del cuerpo (Barker 1996, Giffen 1997, Rodríguez 1997).

La fragmentación de los hombres se debería a la relación compleja entre su sexualidad y pasividad reprimida. Los hombres se fijan en las mujeres como personas reproductivas y como objetos sexuales, lo cual crea la tensión madre/puta. De allí la fascinación que tendrían los varones con la pornografía, sugiriendo que la usan como otra manera de confirmar su masculinidad, que les alivia la represión porque los deja ser pasivos. Cuando los hombres miran pornografía, miran objetos de deseo y reciben placer sin tener que hacer nada. Los autores sugieren que Penthouse ya parece un libro de texto de ginecología: "¿En qué otra situación puede la mayoría de los hombres y jóvenes mirar una vulva?" (Horowitz y Kaufman 1989).

Diversos autores han estudiado, mediante relatos de sus entrevistados, prácticas sexuales, especialmente en varones jóvenes, sobre la reproducción a través de la socialización en la familia y en los grupos de pares y sobre los posibles cambios que se observarían en la vida íntima en los roles tradicionales asignados a los varones y en la coexistencia de elementos tradicionales y modernos en la sexualidad. Se ha encontrado que la familia y los grupos de pares reproducen los comportamientos sexuales en los varones; que en los jóvenes se observan pocos cambios, tensiones y conflictos producidos por las demandas de sus parejas o por la búsqueda de algunos varones de nuevas formas de sexualidad al interior de la pareja (Giffen 1997; Ponce y La Rosa 1995; Sharim y Silva 1996; Gysling y Benavente 1996; Gysling, Benavente y Olavarría 1997).

Se han estudiado también, el conocimiento y las prácticas que tienen varones y mujeres sobre su propio cuerpo y cómo éstos están presentes en sus comportamientos respecto de la reproducción y la anticoncepción (Fachel Leal, 1998).

Se ha constatado, en diversos estudios, a varones que considerándose heterosexuales reafirman su calidad de tales mediante prácticas homosexuales. Eso sucede especialmente cuando el individuo es el "penetrador" y no el "penetrado" (Izazole et al 1991; González y Liguori 1992; Jiménez 1996; Fuller 1997; Cáceres 1996; Quintana y Vásquez 1997; Giffen 1997).

Algunos estudios examinan la homosexualidad y la bisexualidad masculinas en América Latina desde diversas perspectivas; se estudian sus prácticas sexuales, donde se reconocen los papeles activos(penetrador)/pasivos(penetrado) en las relaciones homosexuales y en sus identidades masculinas. Algunos artículos señalan la complejidad de la bisexualidad y los conflictos de dar a conocer su homosexualidad, por varones homosexuales o mantenerlo oculto. (Murray 1995; Hernández 1996; Pareja y Hasbún 1992; Ramírez 1993; Izazola 1994, Lizárraga s/f). Se ha estudiado también la homofobia, el rechazo hacia los varones homosexuales, describiendo las diversas opiniones de varones heterosexuales y sus divergencias (Caro y Guajardo, 1997).

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Programas sobre la sexualidad

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SEXUALIDAD ADOLESCENTE

En los estudios sobre adolescencia/juventud es necesario distinguir entre edad demográfica y etapa del ciclo de vida de los jóvenes. Algunos creen que esto sea especialmente válido para los varones jóvenes de sectores populares y la población más pobre de los respectivos países, puesto que inician en edades más tempranas la etapa de juventud y adultez. Un joven de 17 años, que es padre, vive con su pareja y trabaja para lograr su sustento es un joven, pero no es un adolescente.

Algunos estudios consideran como adolescentes a los jóvenes entre 12 y 19 años, aunque este criterio difiere en otros que inician la adolescencia a los 10 años y la terminan con adultos jóvenes de 21 años. Algunos de los programas de capacitación distinguen entre adolescentes menores (10 a 13 años), adolescentes de edad mediana (14 a 16 años) y adolescentes mayores (17 a 19 años) (CEMOPLAF 1995-97).

La adolescencia es una etapa del desarrollo en la que los varones están buscando y solidificando su identidad masculina (Marqués 1997). Establecer su identidad es un proceso de la mayor importancia para los adolescentes y parte de ello es aceptar su sexualidad (Brito 1996). En este proceso los jóvenes son audaces y se arriesgan mucho.

En diversos países de la región se realizaron investigaciones sobre adolescentes, varones adolescentes y jóvenes. Muchos de estos estudios se dirigen a jóvenes de sectores pobres, especialmente de las ciudades. Entre ellos se han conocido trabajos realizados en Argentina (Kornblit y Méndez 1994), Brasil (Simonetti et al 1996; Paiva 1996; Barker y Loewenstein 1997), Colombia (Profamilia/Colombia 1995), Chile (Millán et al 1995; Palma y Quilodrán 1997; Rossetti 1997; Gysling et al 1997; Murray et al 1998), Ecuador (Tenorio 1995), en México (Liendro 1995; Brito,1996), Perú (Jiménez 1996; Cáceres 1998; Yon 1997; Quintana y Vásquez 1997) y Nicaragua (Abaúnza, Solórzano y Fernández 1995).

La información que se ha reunido dice relación con identidad y relaciones de género e intergeneracionales, papeles atribuidos al hombre y a la mujer. Estos estudios reafirman los patrones de dominación masculina, sin embargo los papeles que atribuyen a mujeres y esposas han evolucionado, tal como los papeles de padres. Los hombres jóvenes están más dispuestos que los mayores a aceptar a madres y esposas como proveedoras y a esperar que los padres sean comprensivos, cariñosos, e involucrados en las vidas de sus niños (Yon 1997; Profamilia/Colombia 1995; Barker y Loewenstein 1997; Abaúnza et al 1995; Liendro 1995; Castillero 1992).

Algunos estudios se han detenido a investigar la violencia, el alcoholismo y la incapacidad para expresar emociones en otros campos (Barker y Loewenstein 1997). Se observa el poder que tienen algunas pandillas de preservar el modelo hegemónico masculino y de rechazar cada moderación con violencia. Esto sería especialmente válido en pandillas de narcotraficantes, que dependen de la violencia para mantener el poder. Otros estudios se han centrado en la violencia sexual, principalmente a través del acoso sexual (Yon 1997). Es frecuente que los adolescentes hombres hayan sido víctimas de violencia en su niñez, porque sus madres y padres utilizaron la violencia como instrumento de disciplina. Entre la juventud, la violencia doméstica está considerada una ocurrencia común, un comportamiento que está aceptado como algo que hombres no pueden controlar (Barker y Loewenstein 1997; Puntos de Encuentro 1995).

Algunas investigaciones han intentado comprender la cultura sexual de los jóvenes adolescentes, analizar cómo los jóvenes construyen su sexualidad y qué modelos sexuales son los que están presentes en ellos (Kornblit y Méndez 1994; Tenorio 1995; Simonetti et al 1996; Paiva 1996; Jiménez 1996; Rossetti 1997, Quintana y Vásquez 1997; Murray y otros 1998; Cáceres 1998). Se han descubierto que los cambios en la sexualidad en los jóvenes han sido más rápidos que los observados en otros comportamientos y actitudes (Kornblit y Mendez 1994). Se ha investigado el embarazo adolescente, el discurso de los hombres jóvenes y los efectos y consecuencias en el matrimonio, unión, aborto, adopción o evasión (Palma y Quilodrán 1997); se ha estudiado las prácticas y comportamiento sexuales, uso de preservativos y ETS, el condón y su imagen en los varones jóvenes y la planificación familiar (Millán et al 1995; Profamilia/Colombia, 1995; Paiva 1996; Brito 1996; Aguilar y Botello 1997; Villa 1997; Yon et al 1998; Cáceres 1998).

Algunos estudios han puesto énfasis en el proceso de socialización de los jóvenes. En general se observa la ausencia de los padres en la socialización de los niños y adolescentes, sea porque los padres son pasivos con relación a la sexualidad de sus hijos o porque no hay un varón que ocupe el lugar del padre. Cuando los padres tratan de acercarse tienen dificultades para conversar con los hijos varones sobre sexualidad. Desgraciadamente, la mayoría de los hombres, adultos y jóvenes, tienen poca información acerca de la sexualidad y reproducción (Figueroa 1995; Barker 1996). De este modo, los grupos de pares y la calle tienen un papel muy importante en la construcción de la identidad de los adolescentes y jóvenes, así como en su socialización e iniciación sexual. (Liendro 1995; Barker y Loewenstein 1997; Marqués 1997; Szasz 1997; Villa 1997; Yon 1997; Fuller 1997; Montoya 1998; Olavarría et al 1998). En México, los "albures" y en Brasil, los "insultos rimados" son ritos masculinos que comprueban el conocimiento de sexo de adolescente y hombres (Szazs 1997). Estas son maneras en que los hombres se sienten cómodos hablando del sexo, y se debe explorarlas como marcos posibles para la educación en salud sexual y reproductiva.

Se ha hecho estudios sobre el inicio de las relaciones sexuales entre los adolescentes; la edad que consideran más apropiada para iniciarlas; la valoración que tiene la virginidad y su variación entre los distintos grupos de edad (Millán et al 1995; Profamilia/Colombia 1995; Yon 1997; Murray et al 1998). Las investigaciones son consistentes en señalar que los hombres no usan condones porque ello afecta el goce y su capacidad de mantener una erección. Esto es particularmente común entre adolescentes que están estableciendo su identidad sexual (Brito 1996).

Dado que los adolescentes son activos sexualmente, el área de educación sobre ETS y SIDA necesita atención especial. La mayoría de los jóvenes saben cómo protegerse contra el SIDA, pero son ignorantes de otras ETS y del riesgo que corren al ser infectados con SIDA, especialmente cuando están involucrados en relaciones sexuales pasajeras. Muchos creen que las relaciones sexuales con alguien conocido, que no sea homosexual ni usuario de drogas, son seguras, incluso si no conocen la historia sexual de su pareja (González y Liguori 1992; Millán et al 1995; Profamilia/Colombia 1995; Yon 1997).

Con relación al embarazo adolescente los estudios están centrados especialmente en la madre adolescente. El fenómeno en la región muestra que mientras la fertilidad está disminuyendo en las Américas, el embarazo de adolescentes está aumentando (Castillero 1992; Corona 1995).

En estudios realizados con jóvenes adolescentes y en programas de sexualidad orientados hacia ellos, se describe el entusiasmo que muestran éstos al discutir temas sexuales con adultos, especialmente; cuando hay facilitadores que son receptivos y no autoritarios, ellos perciben que los adultos valoran sus opiniones. En este sentido, las actitudes de los adultos hacia los adolescentes serían tan importantes como el mensaje que quieren transmitir (JOCCAS; Barker y Loewenstein 1997). Lo contrario sucedería cuando los proveedores de servicios de salud tienen una imagen negativa de la juventud, porque proyectan estereotipos de relaciones de género muy distintos a los que los estudios revelan entre los propios jóvenes (Yon, Jiménez y Valverde 1998). Constituye, por tanto, un desafío encontrar profesionales de la salud que estén abiertos y receptivos a sus inquietudes y necesidades para trabajar efectivamente con adolescentes.

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Programas sobre la sexualidad para adolescentes

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ETS y VIH/SIDA

Se han publicado algunos estudios que relacionan masculinidad con ETS/VIH/SIDA en diversos países de la región. Los hay en Argentina (Kornblit et al 1997; Gogna y Ramos 1996; Pantelides y Ramos 1996), Brasil (Berquó y Rovery de Souza 1991; Villela 1997; Terto 1996), Chile (EDUK 1996), México (González y Liguori 1992), Nicaragua (Aráuz et al 1997) y Perú (Cáceres 1998).

lgunos de estos estudios se han orientado a analizar las dimensiones culturales, sociales y psicológicas de las ETS/VIH/SIDA, y observar cómo los roles de género están presentes en su prevención y transmisión. Se ha realizado estudios para el conjunto de la población, analizando los discursos y conductas sexuales que están presentes, así como las representaciones sociales, percepciones de riesgo, nivel informativo, conductas preventiva y actitud hacia los enfermos de SIDA (EDUK 1996; Gogna y Ramos 1996; Pantelides y Ramos 1996; Kornblit et al 1997; Aráuz et al 1997).

Otros se han centrado en las percepciones de consejeros y pacientes seropositivos en la educación y consejería sobre VIH/SIDA. Las diferencias de género en esta área están empezando a recibir una especial atención, dado que la epidemia del VIH/SIDA experimenta un incremento en la población heterosexual a nivel mundial. Existe necesidad de entender el comportamiento sexual de las mujeres y los hombres para definir aproximaciones preventivas diferenciales. (García et al 1994; Aráuz et al 1997).

El análisis de las prácticas sexuales en algunos estudios revela que la bisexualidad es un fenómeno más predominante de lo que se suponía, y ello en gran medida porque muchos de los hombres que han tenido relaciones homosexuales no las perciben como tales, toda vez que son penetradores (González y Liguori 1992; Izazola 1994; Fuller 1997; Ramírez 1993). Esta situación los pone en situación de riesgo de contraer SIDA, toda vez que ven esta enfermedad como propia de homosexuales y al no serlo ellos, se consideran ajenos al riesgo de infección. (Izazola 1991).

Es fundamental tener presentes los estudios señalados más arriba sobre comportamiento sexual de varones heterosexuales que tienen prácticas bisexuales (Izazole et al 1991; González y Liguori 1992; Jiménez 1996; Fuller 1997; Cáceres 1996; Quintana y Vásquez 1997; Giffen 1998). Ello se debe tener presente especialmente en programas de prevención del SIDA, porque muchas veces estos varones niegan su conducta bisexual.

El uso del condón ha sido estudiado como método preventivo entre varones, su conocimiento, uso y razones para usarlo; las tasas diferenciadas del uso y las preocupaciones que se presentan en los grupos estudiados en cuanto a su conducta sexual, frente a la creciente presencia del VIH/SIDA (Berquó y Rovery de Souza 1991).

Lamentablemente, son escasos los estudios que tratan el VIH/SIDA y las ETS en las Américas. Ya se citó las investigaciones publicadas y a las que se ha podido acceder sobre enfermedades contagiosas y en ellas casi no se menciona las ETS, y cuando lo hacen es para resaltar la ignorancia popular. En efecto, la mayoría de las personas identifica sólo al SIDA como ETS.

Generalmente se habla del VIH/SIDA en torno a tres aspectos: 1) individuos que se exponen al virus por comportamientos de riesgo. En este grupo, la mayoría son hombres y adolescentes; 2) individuos que han sido expuestos debido a los comportamientos arriesgados de sus parejas. En este grupo, la mayoría son mujeres; 3) estrategias programáticas para prevenir el VIH/SIDA. Estas han sido preparadas en los Estados Unidos por sociólogos y programadores estadounidenses. Están incluidos en este resumen como instrumentos útiles para las organizaciones de cuidado de la salud que quieran conocer planteamientos nuevos.

Otros autores sospechan que los programas de prevención del SIDA están fracasando porque se dedican a entregar y difundir información antes que a trabajar en el cambio de los comportamientos masculinos, un requisito esencial para controlar la expansión del SIDA. Se sugiere la necesidad de elaborar nuevas teorías y prácticas analíticas para incentivar los cambios entre hombres y mujeres.

Varios artículos tocan el tema de la bisexualidad y las implicaciones de la misma en la prevención del SIDA, señalando la dificultad de informar a los hombres que tienen prácticas homosexuales, porque no las consideran así y que por eso no creen correr el riesgo de ser infectados. Otros señalan la ignorancia de los hombres en relación al contagio de enfermedades de transmisión sexual.

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Servicios de ETS/VIH/SIDA

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MASCULINIDAD Y SALUD SEXUAL Y REPRODUCTIVA

La información sobre hombres en las encuestas de fertilidad es un fenómeno muy reciente y no es universal. Entre 1986 y 1995 sólo 26 de los 74 Encuestas de Demografía y Salud incluyeron datos de encuestados varones (Hulton y Falkingham 1996). No obstante, los mayores trabajos en los últimos años están referidos al papel e influencia que pueden ejercer los varones en las decisiones reproductivas de las mujeres, sus actitudes hacia la salud sexual y reproductiva y su conocimiento de los sistemas reproductivos, propio y de sus parejas. Sin duda, esta línea de trabajo fue impulsada por los compromisos de investigar realizados en la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo:

Se necesita con urgencia investigaciones sobre la sexualidad y los papeles de cada sexo y las relaciones entre ellos en diferentes contextos culturales, insistiendo en los aspectos siguientes: el abuso sexual; la discriminación y la violencia contra la mujer; la mutilación genital, si se practica; el comportamiento y las costumbres sexuales; las actitudes del varón respecto de la sexualidad, la procreación, la fecundidad, la familia y los papeles de cada sexo; los comportamientos de riesgo frente a las enfermedades de transmisión sexual y los embarazos no deseados; las necesidades manifiestas de hombres y mujeres en cuanto a métodos de regulación de la fecundidad y servicios de salud sexual; y las razones a que obedece la no utilización o la utilización ineficaz de los servicios y tecnologías existentes. (ICPD 12.13).

Algunos estudios se han dirigido a analizar la participación y responsabilidad de los hombres en la salud reproductiva, incluyendo la planificación familiar y la salud sexual (Mundigo 1995; Hulton y Falkingham 1996), a presentar un estado del arte sobre el involucramiento de los hombres en la salud reproductiva (UNFPA 1995; Shepard 1996) o a resumir aspectos de la conducta reproductiva en América Latina y el Caribe y plantear recomendaciones (The Alan Guttmacher Institute s/f).

Se han llevado a cabo diversos estudios sobre salud sexual y reproductiva de los hombres en los últimos años en distintos países de la región. Uno de ellos abarcó varios países (Cuca et al s/f), otros se centraron en un país particular y de allí se plantearon reflexiones más generales en torno a la sexualidad y la salud reproductiva de los varones. Entre los estudios e investigaciones a los que se ha tenido acceso, se puede mencionar los efectuados en Argentina (Villa 1996; Meglioli 1998), Bolivia (Population Council 1994; Aliaga y Machicao 1995; Buchanan 1997; Zambrana, Bailey y McCarraher s/f), Brasil (Fachel Leal 1995; Giffen 1997; Arilha 1988; Kalckmann 1988), Colombia (Salcedo 1994; Tolbert, Morris y Romero 1996; Viveros y Gómez 1998), Chile (Olavarría et al 1998), México (Shedlin y Hollerback 1981; Leñero 1994; Figueroa Perea 1994, 1997; Brito 1996; Population Council, en ejecución), en Perú (Maynard-Tucker, 1989; Foreit y otros, 1992; Yon, 1996; Population Council, en ejecución), y República Dominicana (Friedman, Medina y Tatis 1975).

Uno de los temas que aparece consistentemente en las publicaciones es la dificultad que tienen los hombres para hablar sobre sentimientos y experiencias íntimas asociadas a la sexualidad con otras personas, salvo aquellas conversaciones en que los varones dan a conocer sus conquistas o fantasías de dominio sobre mujeres u otros varones (Meglioli 1998; Olavarría et al 1988). Asimismo, la comunicación entre parejas en muchos casos es escasa, especialmente en lo relacionado con sus deseos de tener hijos y otros temas de la salud reproductiva (Zambrana, Bailey y McCarraher s/f; Population Council/Bolivia1994).

Pese a las dificultades que tienen, los hombres hablan de sexualidad y reproducción con los investigadores (Cuca et al s/f). Los varones que han participado en grupos de discusión, entrevistas grupales y entrevistas en profundidad han entregado información que ha permitido evaluar los significados, sentidos y actitudes de su vida sexual y reproductiva, así como verbalizar sus prácticas, obteniendo información sobre diversos aspectos que hacen a la salud sexual y reproducción, como anticoncepción, uso de preservativos y aborto.

En cuanto a la calidad de la información sobre salud sexual y reproductiva y a las fuentes a las que recurren, se ha constatado que muchos de los hombres tenían información errónea, porque sus fuentes generalmente eran sus pares, varones tan desinformados como ellos, que reproducían saberes y prácticas erróneas (Barker y Loewenstein 1997; Consejo de Población/Bolivia 1994). En otros casos, se encontró que los hombres confiaban plenamente en el consejo de médicos para obtener información sobre planificación familiar (Friedman et al 1975).

Las actitudes y prácticas en salud reproductiva de los hombres, sus decisiones y responsabilidades en la concepción y anticoncepción, y el uso de métodos anticonceptivos ha sido analizado en diversos estudios (Figueroa 1994, 1997; Mundigo 1995; Shepard 1996; Yon 1996; Arilha 1998; Olavarría et al 1998).

Algunos estudios analizan la negociación al interior de la pareja, el poder que ejerce el varón y las influencias en la toma de decisiones sobre reproducción y anticoncepción; algunos consideran la etapa del ciclo de vida de los varones, la situación económica, tipo de relación en la pareja, uso y método anticonceptivo elegido. Se encontró que en la negociación algunos varones ejercen poder con violencia sobre las mujeres, sea por la no disposición de ellas a tener relaciones sexuales, el tipo de prácticas sexuales llevadas a cabo, como en impedir el uso de anticonceptivos u obligar a sacárselos o interrumpir los que están usando (Shedlin y Hollerback 1981; Liendro 1994; Figueroa 1994; Fachel Leal 1995; Meglioli 1998; Gysling y Benavente 1996; Olavarría et al 1998).

La actitud de los hombres acerca del uso de anticonceptivos ha sido uno de los tópicos más documentados. Muchos de los estudios antes mencionados sobre sexualidad y salud reproductiva consultaron sobre el significado y uso/no uso de preservativos por parte de los varones (Brito 1996; Buchanan 1997; Cuca et al s/f; Fachel Leal 1995; Zambarana et al s/f; Villa 1996). Se observó que, aunque los hombres conozcan los métodos anticonceptivos, principalmente el condón y la píldora, todavía hay una brecha entre el conocimiento de esos métodos y su uso y, entre quienes los usan, que lo hagan correctamente (Buchanan 1997).

Los estudios sobre los condones concuerdan que su uso es rechazado tanto por los hombres como por las mujeres, y que la mayoría de los hombres no lo usa por diversas razones; entre éstas, el miedo de perder la erección, impedir el contacto directo con la mujer, disminuir el goce y limitar la masculinidad del varón (Brito 1996; Simonetti et al 1996; Villa 1996). Los condones se utilizan preferentemente como profilácticos, no como anticonceptivos (Meglioli 1998; Fachel Leal 1995). Los resultados de investigaciones muestran que los métodos anticonceptivos masculinos (vasectomía, condones, retiro y abstinencia) serían menos generalizados en la región que en Asia y Africa (Barker 1996).

Varios estudios han analizado la vasectomía y la esterilización masculina, así como las representaciones, dinámicas conyugales y relaciones de poder en la pareja (Population Council/Bolivia 1994; Friedman, Medina y Tatis 1995; Viveros y Gómez 1998).

Otros estudios han apuntado a la participación de los varones en la interrupción del embarazo no deseado, así como a los conocimientos, actitudes y prácticas en torno al aborto y su relación con la identidad masculina (Salcedo 1994; Aliaga y Machicao 1995; Tolbert, Morris y Romero 1996; Barker 1996).

Sobre planificación familiar y paternidad responsable, algunos estudios investigaron creencias, significados, percepciones, actitudes, prácticas verbalizadas y los efectos que tienen en la definición del tamaño de la familia, hijos deseados y planeados y uso de anticonceptivos. (Maynard-Tucker 1989; Foreit et al 1992; Population Council/Bolivia 1994; Leñero 1994; UNFPA 1995; Yon 1996; Buchanan 1997).

El conocimiento actual está en condiciones, dentro de sus limitaciones, de facilitar información a los proveedores de servicios de salud sexual y reproductiva. El desafío es utilizar estos datos para diseñar programas que lleguen efectivamente a hombres, y que estén a su alcance (The Alan Guttmacher Institute s/f; Cuca et al s/f).

Varios investigadores recomiendan que las organizaciones de salud sexual y reproductiva tengan presente el proceso de toma de decisión de las cuestiones relativas a la salud sexual y reproductiva de la pareja. También hay concordancia general en que los proveedores deben ofrecer programas para hombres (Maynard-Tucker 1989; Foreit et al 1992; Buchanan 1997; Kalckmann 1998; Zambrana et al s/f; Cuca et al s/f; Alan Guttmacher Institute s/f).

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Programas de salud reproductiva para hombres

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VIOLENCIA

En la última década ha aumentado significativamente la atención que se presta en los foros internacionales al problema de la violencia contra mujeres y niños en los foros internacionales. En la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo se acordó que:

Los países deberían adoptar medidas exhaustivas para eliminar todas las formas de explotación, abuso, acoso y violencia contra las mujeres, las adolescentes y las niñas. (ICPD 4.9)

En la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer los delegados acordaron estrategias específicas destinadas a "tomar medidas integradas para prevenir y eliminar la violencia contra las mujeres" y para "estudiar las causas y consecuencias de la violencia contra mujeres y la efectividad de medidas preventivas" (FWCW 124-130).

La Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer, adoptada por aclamación por la Asamblea General de la OEA en Belén do Pará (junio de 1994) y ratificada casi por todos los países de la región representa, sin duda, una expresión de voluntad política por parte de los gobiernos. Asimismo, ha habido significativos avances legislativos en numerosos países, que sancionan y tipifican como delito la violencia doméstica y sexual. También han aumentado los programas que atienden a las mujeres víctimas, las casas de refugio, las comisarías para estos casos de violencia. No obstante, la violencia doméstica y sexual -arraigada en el modelo hegemónico de relaciones de género vigente- sigue y seguirá siendo un problema serio.

Algunos estudios sobre la violencia en los varones destacan la relación que existe entre género y violencia; cómo el modelo patriarcal hegemónico de la masculinidad posibilita y justifica la violencia de los hombres. El afán de dominio sobre otros hombres y las mujeres, la competitividad entre varones, el poder que ejercen sobre las mujeres, la represión y de la emocionalidad y la empatía son factores que están presentes en la violencia de los hombres. (Kaufman 1989; Goldner, Penn et al 1990; Miedzian 1995; UNESCO 1997; Connell 1995).

Hay pocos estudios sobre violencia masculina en la región y en general apuntan a la violencia doméstica y a la violencia juvenil. Entre aquéllos a los que se tuvo acceso destacan los realizados en Argentina (Corsi, Dohmen y Sotés 1995), Brasil (Barker y Loewenstein 1997), México (De Keijzer 1997), Nicaragua (Puntos de Encuentro 1995; Centro de Comunicación y Educación Popular CANTERA 1996; Montoya 1998) y Perú (León y Stahr 1995).

Puntos de Encuentro y Hombres contra la Violencia han constatado que los hombres que tienden a ser violentos creen que la violencia, como la sexualidad, es un "instinto" biológico e incontrolable; que es un elemento integral de la masculinidad. Estos hombres usan la violencia física y emocional para disciplinar a sus hijos y controlar a sus mujeres. Se crían en un ambiente de violencia y la reproducen de padres a hijos. Las pandillas o grupos de compañeros reafirman en algunos casos los aprendizajes del hogar y también les incitan a ser hombres violentos (Montoya 1998; Barker y Loewenstein 1997). Estos tipos incluyen violencia física, psicológica, sexual, doméstica e institucional.

Los estudios sobre violencia doméstica indican que ésta se asocia al consumo de alcohol por los varones; es decir, existe una relación fuerte entre la violencia y el alcohol (De Keijzer 1997). De hecho, algunos de los trabajos que se iniciaron con varones de sectores populares tienen su origen en los resultados obtenidos de talleres sobre salud mental para mujeres, cuando los orientadores constataron que muchos de los problemas discutidos entre las mujeres fueron provocados por sus parejas masculinas; los temas predominantes eran el alcoholismo y la violencia doméstica (De Keijzer 1997). Se han hecho estudios con hombres golpeadores (Corsi et al 1995; León y Stahr 1995). Se ha constatado que los hombres golpeadores se encuentran en todos los sectores sociales y que pueden ser o no bebedores de alcohol y sus diagnósticos psicopatólicos no revelaron un porcentaje de patología psíquica superior al de la población en general (Corsi et al 1995).

Los resultados de investigación indican que en muchos casos los hombres habían sido víctimas de violencia desde niños, y los entrevistados recuerdan principalmente que sus padres, pero también las madres cuando no estaba el padre presente, usaban la violencia psíquica y física para disciplinarlos. Los resultados también confirman que, como adultos, los hombres son pocas veces víctimas de violencia física y que no reconocen que victimizan a sus mujeres. Se observa una brecha entre las actitudes de hombres y lo que relatan de su comportamiento. Los hombres en escasas situaciones reconocen que golpean a las mujeres, y cuando lo hacen, según ellos, es porque han sido provocados por ellas. En algunos casos los varones reconocieron que deben ejercer su poder sobre las mujeres a través de la violencia y que "a las mujeres les gusta ser golpeadas" (Puntos de Encuentro 1995).

Cuando se estudió a adolescentes hombres, éstos relataron que el tipo más común de violencia que habían experimentado fue la humillación junto con la presión de ser sexualmente activos, pero a su vez negaron ser violentos con mujeres (Puntos de Encuentro 1995).

Al estudiar a hombres "no violentos" se encontró que este tipo de varones se comportaba en una manera diferente. Tienden a ser menos atraídos por el conflicto y a tener valores diferentes. Para ellos, tener una vida familiar armoniosa y sana es una prioridad, aunque son presionados por sus iguales a ser más duros con sus mujeres; tienden a no manifestar sus ideas cuando están a solas con un amigo hombre (Montoya 1998).

Para superar la violencia es necesario actuar sobre sus distintos componentes: la violencia contra la mujer, la violencia contra los hombres y la violencia contra sí mismo (Kaufman 1989).

De la misma manera en que la violencia de los hombres se manifiesta en la vida doméstica, es necesario transformarla para lograr una cultura de la paz; en un mundo en rápida transformación, en que el riesgo del desempleo, la marginalidad y la exclusión afectan a la identidad del varón en sus posiciones de poder y toma de decisión en lo público y en la vida privada, resulta difícil la transformación de una cultura de la violencia en otra de la paz que permita la emergencia de formas más igualitarias y fraternales de masculinidad (UNESCO 1997).

Aunque hay algunas publicaciones sobre masculinidad y violencia, son escasos los programas que trabajan con hombres para prevenir la violencia o que capacitan a proveedores del cuidado de la salud para reconocer los síntomas de la violencia de los hombres y atender a sus víctimas. Existe la necesidad no sólo de detectar a hombres violentos, sino también a detectar casos de mujeres y niños que sufren abuso físico. Esto, a parte de ser una necesidad, es también un vehículo para atraer a hombres violentos a aquellos programas y a servicios de consejería que existe, aunque sea limitados. No obstante, hay instituciones que están dedicadas a ello. El trabajo de estas organizaciones provee ejemplos de programas que resultan en aumentar la conciencia de hombres sobre el problema de violencia y a romper el círculo vicioso de la reproducción de la misma.

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PATERNIDAD

En este campo son pocos los trabajos disponibles y menos las investigaciones; varios de los textos que se presentan corresponden artículos de revistas. Este es un campo que requiere mayores investigaciones (Engle y Alatorre 1994).

Varios de los trabajos se han orientado a describir a diversas características y tipo de paternidad, los roles que cumplen los padres en la vida de los hijos y en la familia (Engle y Breaux 1994).

En la región se ha efectuado algunos estudios: en Brasil (Cardoso 1998; Medrado 1998; Unbenhaum 1998), Chile (Alméras 1997), Jamaica (Chevannes 1992), México (Gutmann 1995; Nava 1995; Figueroa 1996; De Keijzer 1993).

Al igual que en la masculinidad, en el campo de la paternidad hay una diversidad de experiencias, es decir, "paternidades" que traducen formas distintas de ser padres y de ejercer sus atributos. Según algunos estudios, la paternidad está fuertemente asociada a la identidad de género, y en ella se manifiestan las características de un modelo dominante de masculinidad en los varones que se da en las relaciones con la madre de sus hijos y con sus hijos. Las etapas del ciclo de vida de los varones se hacen presentes en la forma en que se ejerce la paternidad: es distinta la paternidad de un varón de veinte años con un hijo de meses, a la de un varón de cincuenta años con hijos que están en el mundo del trabajo o terminando sus estudios. La paternidad, por tanto, está asociada a diversos factores como la etapa de vida del padre, el contexto histórico y cultural y el grupo social al que pertenece (Gutmann 1995; De Keijzer 1993; Cardoso 1998).

La paternidad ha sido estudiada también a partir de la presencia/ausencia del padre. Algunos estudios muestran que alguno de los padres están físicamente ausentes en el desarrollo del niño. Son varones que abandonaron el hogar o que murieron. Pero esta ausencia del padre no significa que la figura del padre no esté presente en los hijos, por el contrario, los hijos de padre ausente tienen presente una figura paterna tan intensa como los que han convivido con él. Algunos padres están ausentes temporalmente, es el caso de los que emigran o trabajan en explotaciones lejanas a su hogar y se deben ausentar por períodos prolongados. Otros padres, aunque estén presentes, son padres pasivos, que no estimulan a los hijos directamente y no participan de las actividades del hogar, y están los padres presentes activos que establecen una relación de colaboración y estímulo al interior de la familia (De Keijzer 1993; Gutmann 1995).

Otros estudios se han centrado en los roles paternales, sus cambios históricos, el papel tradicional del padre y su asociación con el modelo de masculinidad hegemónica. Examinan las tensiones a las que están sometidos los varones como padres para modificar comportamientos que tienen como referente la figura patriarcal de padre y las demandas de sus parejas e hijos/as. También, las nuevas formas de relacionarse con su pareja y sus hijos/as, la búsqueda de un padre afectivamente expresivo, que participe de las actividades de crianza y cuidado de los hijos/as, que no use la violencia ni ejerza poder sobre los miembros de la familia, ni en la crianza de los hijos (De Keijzer 1993; Engle y Breaux 1994; Alméras 1997; Unbehaum 1998; Medrado 1998).

Diversos aspectos relativos a la paternidad recién se comienzan a investigar y aparecen en investigaciones cuyo objeto central no ha sido ése. Uno de ellos es el rol de proveedor y su significado. De los estudios surge que la pobreza afecta la paternidad, porque hombres que no pueden sostener a sus hijos, en algunos casos dejarían sus hogares por no sentirse capaces de mantenerlos (Almerás 1997; Olavarría et al 1998). Otro es la paternidad adolescente, donde se tiende a anular poniendo toda la atención en la madre, dificultándole al varón pensarse, prevenir o asumir su condición de padre (Cardoso 1998).

Los varones, en la medida en que están involucrados con las vidas de sus hijos disminuyen la violencia doméstica. Los hombres que cuidan a sus hijos y esposas desarrollan mejores imágenes de sí mismos y reducen la violencia doméstica.

No se puede hablar de la paternidad sin mencionar la maternidad puesto que tienen carácter relacional. Los cambios en los padres requieren cambios en las madres. Varios de los trabajos señalan que los padres pueden ejercer la crianza como si fueran madres, pero es necesario que ellas apoyen el involucramiento de los hombres en las vidas de sus hijos. En este sentido las mujeres tienen que modificar su conducta e ideas de la maternidad y la paternidad (Engle y Breaux 1994; De Keijzer 1993).

Se sugiere que la sociedad también debe apoyar las iniciativas de los hombres por asumir más responsabilidades asociadas a los nuevos paradigmas de la paternidad. Los sistemas de cuidado de salud deberían proveer "salud familiar" en vez de salud al binomio madre/hijo. Se debería alentar a que las empresas apoyen programas de paternidad para sus empleados, a hacer eventos especiales para padres y sus familias y a dar permiso a padres y madres para cuidar a los hijos. Se debe examinar las políticas económicas y sociales, y reformarlas para alentar la paternidad responsable (Engle y Breaux 1994).

Algunos de los artículos señalan que la salud pública no ha incorporado las identidades y relaciones de género en la formulación de sus políticas y no comprende los cambios en los hombres acerca de su identidad y responsabilidades de padres. Por ejemplo, los proveedores de cuidado de salud en América Latina, casi en su totalidad no reconocen la importancia de que el padre esté presente durante el nacimiento de sus hijos y todavía no admiten a los padres a la sala de partos. No obstante, en algunos países existen algunas experiencias alentadoras, a partir de los programas de Hospitales Amigos de la Madre (Chile) y Maternidade Leila Diniz (Brasil).

En suma, los estudios confirman que hay cambios en la paternidad y que algunos hombres están cambiando sus ideas y prácticas al respecto. Señalan que estos cambios son posibles como resultado de las modificaciones en las estructuras socioeconómicas y familiares, por las demandas del movimiento de las mujeres y la búsqueda de relaciones de mayor cercanía afectiva, participación en la crianza y cuidado de los hijos por algunos padres. Las publicaciones también señalan que si las mujeres quieren compartir las responsabilidades con los padres, tendrán que adaptar nuevos paradigmas de maternidad. Hay evidencia de que los hombres y sus hijos se han beneficiado al tener padres que están presentes física y emocionalmente. Pero aún está fuertemente arraigado el modelo hegemónico y patriarcal de masculinidad y paternidad en las instituciones, como organizaciones de cuidado de salud, las empresas y los medios de comunicación, las que no han adaptado sus percepciones ni acciones a las necesidades de la familia de hoy.

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