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Mitos sobre la coca 
    Encolerizado, el dios cruel había condenado a un pueblo inocente a vagar hasta el fin de los tiempos por los altiplanicies de los Andes. Afortunadamente, los hijos de/ Sol, Manco Capac y su hermana-esposa Mamo Ocio, dignidades propicias velaban por los infortunados. Para que pudieran resistir el hombre y el frío les enseñaron a mascar las hojas verdes de un arbusto: la coca. De esta manera pudo sobrevivir la raza inca.  

    Esta es la leyenda que recitaban los haraweks, los narradores sagrados del antiguo Perú. Cuando los españoles conquistaron el imperio de los incas en el siglo XVI, descubrieron a su vez la planta "divina". Cronistas e historiadores de la época describieron su cultivo, su consumo y sus efectos estimulantes: su capacidad de devolver el vigor a los agotados y de quitar el hambre. 

    Evangelizados por los conquistadores, los indios de los Andes no dejaron, no obstante, de masticar la coca. Adaptaron el 

mito original a las exigencias de la nueva religión: "Tras el . nacimiento de nuestro Señor Jesucristo -dice la versión cristianizada-, los diablos intentaron quitarle la vida. Cuando María, su madre, volvió a casa y no encontró a su hijo, se puso a buscarlo. Recorrió un largo trayecto sobre su asno, y se quedó muy debilitada por el hambre. Cristo la vio en ese estado y le bendijo un matorral de coca salvaje. María adivinó que su hijo había bendecido el arbusto para ella: comió algunas hojas y ya no sintió ni hambre ni fatiga". Generosamente, Maria ofreció la planta a su pueblo. Y de esta manera los indios del altiplano siguieron tomando la coca
 

 
Leyenda de la coca 
Los países andinos no conocían la cocaína. Los incas estimaban tanto a la planta de la coca, que la llamaron "Koka", lo que significa: arbusto UNICO, EXCELENTE, SAGRADO y los sabios amautas, usaban sus hojas para pronosticar la suerte o la desgracia.  

Cuenta la leyenda que durante el reinado del lnca Atahuallpa, el sumo sacerdote y el depositario del tesoro del templo del Sol, en la isla de Titicaca, era un viejo sabio y adivino llamado Khana Chuyma. 

Por aquel tiempo llegaron a estas tierras los conquistadores españoles, ávidos de oro, quienes sometieron indios, profanaron dioses y saquearon templos. Resuelto a impedir que el oro sagrado del Sol caiga en manos del invasor, Khana Chuyma lo escondió en un lugar secreto a orillas del Lago, y diariamente subía a una altura para escudriñar si se aproximaban las huestes de Pizarro. Un día las viovenir a lo lejos. Sin perder un instante,  arrojó todo el tesoro a lo más profundo de las aguas.



 
La justicia de la planta sagrada  

Desde hace unos años, en los Andes se empieza a considerar la coca como el arma que la diosa naturaleza va a utilizar para restablecer la justicia entre el indio y el blanco. La coca, planta sagrada por excelencia, dadora de vida, de fuerza, de aliento, compañera de hambres y fatigas, de dolores y amarguras, la más fiel aliada en la vida de resistencia del indio, se transforma para el blanco en tóxico mortal. Cada vez más personas que pertenecen a las clases dirigentes de nuestra sociedad necesitan los efectos nocivos de la planta para vivir, reír, trabajar o disfrutar. Para poder seguir viviendo en la sociedad que han creado. Mientras, sus cerebros, sus organismos, se van resquebrajando inexorablemente. 

El diferente uso que estas dos culturas realizan de la planta de la coca es paradigma del uso que hacen del resto de la naturaleza. Mientras unos, los indios, respetándola obtienen vida y salud; otros, los blancos, destruyéndola viven una frenética existencia que sólo conduce al resquebrajamiento y la extinción, La naturaleza, por medio de la coca, deja que el hombre se juzgue a sí mismo.  

Marinete